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Antes de la comunión, yo ya tenía claro que no me convencía lo que nos transmitían sobre religión. Sé que hice catequesis, pero no la recuerdo, para mí, la primera comunión fue el comienzo de mi rebelión ante lo establecido. (Socorro Sánchez-Migallón)

Socorro me envía un par de fotos que no puedo colgar. En ellas aparecen personas a quienes no hay modo de pedirles permiso y el tema de la protección de datos me acobarda. Me las envía por Whatsapp con su cara y la de su amiga rodeadas por un círculo amarillo. “Para que puedas ubicarnos”. En una de ellas, Socorro tendrá unos quince años y posa con un grupo de chavalas de distintas edades. Está entrando el invierno. Detrás se adivina algún edificio institucional o religioso, con columnas y una arcada: “La del círculo de la derecha soy yo, la del círculo de la izquierda, mi amiga del alma. Esto fue cuando nos escapamos de San Fernando”. Pido ayuda a Socorro: «Era un grupo que conocimos en Pamplona, nosotras estábamos buscando un sitio donde vivir y nos fuimos hacia el norte, pues Madrid, el sur y levante, no nos había ido bien, pero la foto fue casual, no conocíamos al grupo».
La otra foto es en color y la comparte con la misma amiga. Han pasado unos cuantos años y posan con sus respectivas descendencias. Esa otra chica, su «amiga del alma» de entoces y compañera de reformatorio y vagabundeos, acabó en Peñagrande, aunque no llegó a parir ahí. Pero esta es otra historia.
