
Rocío Paso Jardiel
1968
”«Mi casa y mi familia eran una mentira total.»
DICE LLEVAR AÑOS ESPERANDO EL MOMENTO DE CONTAR SU HISTORIA Y DEJAR REGISTRO DE ELLA. Lo hace una mañana de abril de 2026 en mi casa, porque la suya está llena de gatos que no nos dejarían trabajar. Probablemente detectes la cantidad de rabia y enfado que contienen sus palabras y todo su cuerpo. Rocío sabía que hacer memoria es, entre otras cosas, hacerte cargo de tu propia historia.
Actriz de profesión, hija y nieta de gente del teatro, Rocío es una gran narradora. Recuerda la ropa que llevaba el día que la llevaron al reformatorio en Carabanchel (regentado por las Oblatas del Santísimo Redentor). “Yo era una niña. Y me da mucha pena esa Rocío a la que engañaron de aquella manera”.
Su historia nos deja entrever los recovecos de la doble moral de la clase dominante. Hija del autor y empresario teatral Alfonso Paso, a la sazón nombrado legionario de honor por Franco, y de Evangelina Jardiel, hija del reconocido escritor Enrique Jardiel Poncela, Rocío creció rodeada del ambiente cultural aceptado por el régimen. “Íbamos a misa. Entrábamos por la puerta de delante y nos íbamos por la puerta de atrás”. Rocío viene de la familia (in)correcta. Durante su internamiento (seis meses en el año 68), vio violencia física, palizas, castigos… con ella tuvieron “cierto cuidadito”, opina, por ser hija de quien era. "A las monjas no las he entendido nunca. No he podido entenderlas. ¿Cómo una mujer puede reprimir a otra mujer así?"
Rocío asegura que las compañeras supervivientes que ha ido conociendo posteriormente son todas ateas, “ese trabajo que hicieron con nosotras les salió fatal”. “Te hacían sentir culpable de haber nacido, te hacían sentir culpable de ser tú”. Ahí dentro Rocío comenzó a pensar, “y vas pensando, y vas pensando, y el poder, y el poder, y porqué tengo que hacer esto, y vas pensando y vas pensando, y te conviertes en una gran roja”.
Rocío no llega a ver el lanzamiento de esta web ni su testimonio publicado. Muere a finales de junio en en su casa en Madrid. Fue un duro golpe para las compañeras y, sobre todo, para su hijo Darío a quien estaba muy unida. Últimamente, aunque tocada de salud, andaba muy animada con la guerra que estaban dando ella y sus compañeras supervivientes. Intervenía mucho en el grupo de Whatsapp que comparten y, poco antes de morir, fue a visitar a las Oblatas, empeñada en que le entregaran su expediente: "Le recordé a la monja que me atendió que años antes lo había visto, que estuve hablando con otra monja. Nada, se cerró en banda. Le dije que a saber lo que han hecho con los expedientes. Se ofendió. Están tomándonos el pelo".

