Ramona Giménez Vallés

1970 a 1982

"La que va de monja soy yo, la otra es una compañera del Bon Pastor. Había una monja que me insistía en que tenía que ser monja y me vestía con sus hábitos, medio en broma medio en serio. Yo, con tal de no salir del colegio nunca, hubo un momento en que quise serlo. No quería salir de ahí porque no tenía dónde ir, me daba miedo salir."

UN DÍA CUALQUIERA DE 2025, Consuelo García del Cid me cuenta que le ha escrito una mujer que, como ella, estuvo en el Buen Pastor de Barcelona, y que eso de que allí se comía de lujo y se estaba bien, nada de nada. Consuelo sostiene cada vez que cuenta su historia que en el Buen Pastor, el tercero de sus lugares de encierro, estuvo bien, que aquello era otra cosa, más propiamente, digamos, carcelario que correccional. Con la aparición de Ramona en escena, Consuelo comienza a relativizar su experiencia ahí dentro, a ponerla en perspectiva a la luz de esa otra mirada, la de una mujer que pasó allí doce años. Consuelo estuvo unos pocos meses y venía de las Adoratrices de Madrid, “allí la comida debía de ser terrible para que en el Bon Pastor le pareciera buena”, dice Ramona. Consuelo me pone en contacto con ella y tenemos una primera conversación telefónica. No diría yo que Ramona tenía unas ganas locas de hablar de lo suyo, pero Consuelo es muy convincente y cautivadora. Supo venderme bien y yo supe no insistir más de la cuenta. Desde aquella primera llamada telefónica hasta la redacción definitiva de este texto ha pasado casi un año y en este tiempo Ramona ha decidido no hablar de esto más, “con nadie más”. Ha recibido muchas llamadas e intereses varios, pero en un momento dado, sencillamente, colapsó. Vive en un pueblo pequeño y no quiere "que todo el mundo sepa". Y es que estar removiendo los recuerdos duele, dicen que sana, pero también duele y quizás no a todas les sirva de terapia, o les sirva un poco, en la dosis justa, no estar todo el día ventilando los pesares al fresco. Su marido “sabe todo” y sus hijas bastante. "En casa nunca he mostrado mi malestar, hice borrón y cuenta nueva, me casé y cerré. Te acuerdas, pero no de esta manera que es estar continuamente pensando en esto. Con mis hijas he hablado con el tiempo, pero hay cosas que no, ¿para qué?" Se casó, no lo habló prácticamente con nadie más y empezó una vida donde su pasado no tenía demasiado hueco.

Estamos en septiembre de 2026, a una semana de terminar los trabajos de este fondo de memoria. Tras meses de necesitado silencio, Ramona ha decidido terminar lo empezado, justo a tiempo. De esta última conversación y de la mantenida hace cosa de un año brota el texto que viene a continuación: una elaboración propia a partir de las palabras y los sentires de Ramona.

DE CÓMO NO ME HICE MONJA

A MÍ RECORDAR TODO ESTO ME HA REVUELTO MUCHO PORQUE VIENEN MÁS COSAS, no solo las del colegio, viene la infancia. Me daba miedo salir del Bon Pastor porque lo que había vivido en mi familia no era bueno. Mi padre era alcohólico y mi madre se había ido cuando yo tenía dos años. Mi padre me daba pánico, a veces venía a vernos al colegio y si estaba bebido yo no quería bajar a verlo. Cuando se enteró de que quería ser monja se enfadó mucho, y es que en aquel momento, hasta los quince años, yo estaba bastante convencida de serlo.

Había otro señor, un amigo de mi padre que quería que me fuera con él, quería ponerme un piso, ya sabes, y venía a verme, y les daba cajas de fruta a las monjas, así que ellas me dejaban salir con él. Con este señor pasaron cosas, me hizo cosas, y yo no quería irme con él. Antes de todo aquello, de los tres a los siete años estuve en un orfanato, más o menos de 1961 a 1965. Luego viví un año con una familia que vivía cerca de mis abuelos y tenían un bar, me gustaba estar con ellos. Al Buen Pastor entré con doce años, desde los diecisiete estuve en el externado, antes era internado, y salí de allí en el 82, vestida de novia desde el colegio. Las monjas vinieron a mi boda, siempre tuve buena relación con algunas de ellas porque fui de las obedientes.

Lo que pasó para acabar en el Bon Pastor fue que las monjas se plantaron en el bar de mi familia de acogida. Me vinieron a buscar, yo no quería y mis “padres” tampoco, ellas insistieron y dijeron que si no, sería por las malas. Le buscarían un problema a aquel matrimonio que al fin y al cabo no tenía ningún papel, no era un acogimiento legal, simplemente cuidaban de mí. Y como mi hermana ya estaba en el Bon Pastor, allí me llevaron. Yo tenía que haber ido a María Reina, con las pequeñas, pero al estar mi hermana me pusieron con las mayores, para estar juntas.

Primera comunión

Con diecisiete años. Ya estaba en el externado y trabajaba en una imprenta, Gráficas Lie. Pasé diez años muy bonitos entre ese y otro taller de imprenta . Era encuadernadora oficiala, pero trabajaba a lo burro, cogía carretillas cargadas de folios para pasarlos por la máquina. Tenía un ayudante que estaba en la universidad, un chico colombiano que venía a echar unas horas. Con lo que gané me compré mi primera motillo, fue mucho más cómodo porque el autobús siempre iba con retraso. Allí eran todo hombres menos una compañera y yo. Lo pasaba muy bien, la verdad, y todavía tengo relación con los compañeros de entonces.

TRABAJÁBAMOS A DESTAJO SIN SALARIO. Yo estaba en flores, flores de tela, hacíamos pensamientos, arbolitos de almendro y manzanos, tréboles. Hacíamos la flor a mano. Una señora tenía una empresa, venía con la furgoneta y se llevaba los trabajos. Yo era inocente, de modo que mi vida consistía en lo que allí se ofrecía: rezar, ir a talleres a trabajar, la comida, la siesta. Por la tarde estudiar tres horas, aunque esto era lo de menos. También había taller de costura, cosían toallas de hoteles, ropa de los curas, se planchaba… Además me tocaba dar cera en el altar de la iglesia: dos trapos con cera en los pies y a cambio me daban un bocadillo y un plátano.

Dormíamos todas juntas y luego ya, más adelante, nos pusieron en habitaciones individuales. Teníamos cargos para las labores comunes, una cocina, otra baños… Si las monjas no lo veían limpio te tiraban el cubo de agua y otra vez a empezar. Y había que fregar de rodillas, porque las monjas te obligaban. Siempre he tenido muchos dolores de espalda, me han operado dos veces y he quedado peor. Las secuelas son físicas, claro, pero también emocionales. Cogí anorexia en el colegio, anorexia nerviosa. Consuelo dice que se comía mejor que en Madrid, yo digo cómo sería en Madrid porque allí en el Bon Pastor la comida era asquerosa.

En un momento dado paso a régimen de externado porque tenía una edad y sobre todo porque era buena y ahí cambió bastante mi situación. Yo nunca fui chivata, las monjas me espoleaban para que dijera cosas y yo nada, entonces les gustaba y era de las enchufadas. A la vez me relacionaba con las “malas”, las que tenían sus cintas de los Chichos y los Chunguitos y en los ratos libres cantábamos esas canciones. Siempre me ha gustado cantar todo tipo de músicas aunque yo viniera más de la cosa catalana.

Con diecisiete años. Ya estaba en el externado y trabajaba en una imprenta, Gráficas Lie. Pasé diez años muy bonitos entre ese y otro taller de imprenta . Era encuadernadora oficiala, pero trabajaba a lo burro, cogía carretillas cargadas de folios para pasarlos por la máquina. Tenía un ayudante que estaba en la universidad, un chico colombiano que venía a echar unas horas. Con lo que gané me compré mi primera motillo, fue mucho más cómodo porque el autobús siempre iba con retraso. Allí eran todo hombres menos una compañera y yo. Lo pasaba muy bien, la verdad, y todavía tengo relación con los compañeros de entonces.

CARMEN MATENCIO ERA UNA INTERNA QUE ERA DE LA PANDILLA DEL VAQUILLA. Esta a mí me dejó huella. Tendría yo trece o catorce años. La Carmen vivía en la Mina y las monjas me dijeron que la acompañara a ver a su familia. Cuando estábamos llegando a La Mina yo estaba cagada de miedo del ambiente. Ella quería ir a la discoteca, no a ver a la familia, y fuimos. Estuvimos horas en aquella discoteca llena de quinquis. Creo que la monja me mandó con Carmen para que viera la calle, para que conociera el exterior porque yo estaba muy verde, no sabía nada de nada. Yo me llamo Ramona pero la gente me llama Romi, y ella, la Carmen me dice “Romi, yo no vuelvo al colegio, yo me quedo aquí con los amigos”. Yo cagada con esto, así que ella volvió conmigo, por no dejarme sola, tan inocente como era. Dijo “ya me escaparé”. Y claro que se escapó. Un día vino el Vaquilla con el camión para llevárselas, a ella y a las amigas, y derribó la puerta de hierro. Decían que se ponía cosas en los pies para poder conducir, para llegar a los pedales. Llegó la policía, los cogió y los metió en prisión. La policía siempre rondaba. De vez en cuando venían al colegio las chicas de su colla, o sea, su pandilla, a traerle recados del Vaquilla y tabaco, aunque tabaco las monjas repartían un poco, siempre dejaron fumar algún cigarrillo al día. Ella se ponía nerviosa e inquieta con estos mensajes y las monjas la medicaban. Cuando pasé al externado preguntaba por ella y nadie me supo decir. Se rumoreaba que la habían mandado al Buen Pastor de Madrid para apartarla de la pandilla.

HABÍA FUGAS A MENUDO, MÁS BIEN INTENTOS DE FUGA. Las que lo lograban era siempre en un descuido de las monjas. Había un patio detrás del edificio donde tendíamos la ropa y una se mató intentando escapar por ahí. Cogió una sábana, la ató para salir por la ventana, se cayó y se mató. Una monja con la que yo me llevaba bien me lo explicó. Esa monja ha acabado por bloquearme en el móvil, supongo que no le ha gustado que comente sobre lo que vi y viví a mi alrededor. Se ha ofendido. Otra chica se escapó con mi ropa. Nosotras nos lavábamos la ropa, pues esa chica cogió la mía que estaba tendida y salió corriendo con ella puesta. Las monjas creyeron que yo la había ayudado a escaparse.

Recuerdo que una vez fuimos unas cuantas al puerto, a un barco de marineros a recoger unas cajas de caramelos Vitamat. Eran un suplemento vitamínico que te quitaba el hambre. Las monjas nos los daban a media mañana, estando en talleres. Supongo que como apenas desayunábamos nos los daban para ser más productivas. Es la conclusión que sacamos las amigas. Nos daban dos caramelos, lo que no puedo asegurar es cuánto tiempo duró esto de los caramelos, o si fuimos conejillos de indias que es lo que comentaban las mayores.

A pesar de todo tengo más recuerdos positivos que negativos. Veía muchas injusticias, cuando veía esos castigos tan fuertes me dolía, pero de pequeña lo tenía normalizado, luego empecé a entender. Se les hablaba fatal a las chicas y las castigaban continuamente. Si tengo recuerdos positivos en parte es porque era de las favoritas de las monjas, pero estuve explotada trabajando, aún así, prefería estar dentro que fuera. Allí dentro estaba colocada en varias cosas: baloncesto, tuna, coro… los fines de semana, porque entre semana era trabajar y fregar. En cualquier caso, eso era mejor que lo que conocía del exterior.

LAS MÁS REBELDES IBAN A LA NEVERA. La nevera era un cuartito pequeño donde hacía mucho frío. Te ponían agua, pan y un orinal, y no tenía ventana. El nombre se lo habían puesto las mayores, muchos años antes de entrar mi hermana y yo. Quiero que se nombre a mi hermana que es cinco años mayor que yo. Se llama Pilar y ella sí era rebelde. Recibió palizas y muchos insultos, una vez le devolvió el golpe a la monja, así que la mandaron a la nevera. Hoy en día hay algunos temas tabú con ella, quedó muy tocada por todo aquello. A mi madre la conocimos cuando ya éramos mayores, no me gustó lo que vi y me aparté totalmente. Mi hermana sí se quedó con ella y no fue bien la cosa. Con mi hermana siempre ha sido complicado, Después tuvo un accidente y perdió bastante la memoria.

A mí no me castigaban, pero pasé mucha hambre siempre. Siempre. Nos daban muy mala comida y poca. Una vez sí que me castigaron, justo por la comida, porque el huevo frito me daba mucho asco y no me lo quise comer, y la monja me llevó a mi cuarto, y me encerró allí con el huevo. Estuve así dos días, lo bueno fue que me leí un libro, pero me puse muy nerviosa en el encierro, tenía mucha ansiedad por mi situación, no quería que viniera mi padre, ni el señor que quería que me fuera con él, total que me tomé un bote de diazepanes casi entero y me tuvieron que hacer un lavado de estómago. Tenía el bote en la habitación porque en esa época me tomaba uno al día, y como era responsable las monjas me dejaban tener el bote conmigo en lugar de darme ellas la dosis cada día. En aquel momento lo pasé tan mal que me tomé casi todo el bote del disgusto que me llevé. Yo vivía con mucha ansiedad y miedo, miedo a lo que me esperaba fuera.

Con las amigas nos contábamos las cosas y eso nos consolaba, veías que había historias tan duras como la tuya. Entre nosotras había mucha amistad, compartíamos todo. Cuando alguna se marchaba del colegio nos daba muchísima pena porque te encariñas. Éramos una segunda familia entre nosotras.

Mi hermana Pilar poco antes de entrar en el Buen Pastor

YA MÁS MAYOR TE ENTERABAS DE QUE A LAS MÁS MALAS, las que ellas consideraban malas, las mandaban a Madrid, porque el Buen Pastor allí era más duro que en Barcelona. Y habría que hablar también de la maternidad de Santa Marta en Barcelona. Allí daban algunos bebés a familias adineradas. Estaría muy bien que se sepa. Es también del Buen Pastor. Yo fui un par de veces con la monja a entregar unos papeles. Allí hubo mucho trapicheo con los bebés, pero esto lo supe después. En el momento no me enteraba, creo que era una manera de protegerme, no sé cómo me la juega la mente, en algunos momentos no sé ni cómo sobreviví.

Intenté cortarme las venas en una ocasión, al año de estar en el colegio, tendría unos doce. Yo estaba permanentemente atenta a lo que me podía pasar si salía. Pánico hacia mi padre y pánico también a irme con ese otro señor con el que me dejaban salir a pasear, el de las cajas de fruta. Al mismo tiempo era muy ingenua, de sexo no sabía nada, cuando iba a trabajar fuera, se reían de mí por lo poco que sabía. A algunas monjas les expliqué por qué no quería irme con ese hombre, supongo que no me creían. Ya había pasado con mi padre y en mi familia no me creyeron, y cuando no te creen, para qué lo vas a decir. Ahora lo vivo con mis nietas, es algo que me preocupa y noto que estoy muy alerta, porque sigue ocurriendo, hay padres que miran a las niñas de ciertas formas. Pero no se las cree si las niñas lo dicen porque los niños tienen mucha imaginación, dicen. Una niña no inventa algo así.

Me he dado cuenta, cuando Consuelo ha comenzado a hacerme preguntas, de que había monjas que eran lesbianas y, al mismo tiempo, castigaban a las chicas por ser lesbianas. Un día una monja me dijo que me iba a comprar un sujetador, lo compró y me lo trajo y me lo probó ella misma y luego pienso, ostras, ¿y si había algo ahí? Yo tendría trece años. No estaba muy desarrollada todavía. Y una vez hubo una revuelta y las chicas empezaron a darse picos entre ellas y las castigaron. En el momento, como yo no tenía picardía ni captaba las cosas, no me enteraba si no me lo explicaban y, de hecho, esto no lo recuerdo muy bien. No sé qué pasó exactamente, pero estaban varias chicas ahí y fue como un virus que se contagia, había dos gemelas que cuando salíamos, íbamos al puerto y se enrollaban con los marineros. Eran muy alegres. Pues estas hermanas empezaron a enrollarse con otras chicas, a besarse, a meterse en las habitaciones. Yo creo que fue por probar. Hubo un revuelo… llegó la monja y nos castigaron a todas. Creo que era semana santa, después de los talleres, las monjas tenían sus oficios en esos días y por eso estábamos más solas. Eran dos gemelas gitanas, siempre me acordaré de ellas, pero en aquel momento como en tantos, yo estaba ausente, no participaba de eso. Ausente.

Aquí termina este relato testimonial a partir de la historia de Romi, como la llama todo el mundo. Una vez concluida la escritura, le pregunto por qué quiere hacer pública su historia y ella, textualmente, responde: "por soltar, vaciar por dentro y poder ayudar a quien no se atreve a hablar".