Paquita Beltrán
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QUIERE LLEGAR A LOS CIEN AÑOS, PERO DICE QUE YA PUEDE MORIR TRANQUILA PORQUE SE SABRÁN LAS COSAS. Su testimonio es el único que existe de la primera década del Patronato de Protección a la Mujer. Pasó por tres centros de tres congregaciones distintas: Adoratrices, Oblatas y Buen Pastor. No se escapó de ninguno aunque una vez estuvo a punto. Era una buena chica y sabía coser, así que le hizo ganar sus buenas pesetas a las congregaciones. “En Adoratrices nos cambiaban el nombre, me pusieron Milagros”. En los centros de internamiento regentados por diversas órdenes religiosas no estaba permitido que las internas hablaran entre ellas. Cuenta Paquita que durante las muchas horas de trabajo de costura tenían que ponerse «una crucecita de papel en la boca», uniendo los labios. Si la cruz se movía era porque estabas hablando. Se supone que eran centros de formación, pero ella asegura no haber aprendido nada “porque escuela no había, a mí apenas me ponían a dibujar cuatro letras una vez a la semana”. Paquita, como tantas otras mujeres, pasó por el famoso chiscón: cuarto de castigos, parecidos a un armario por el tamaño, en los que las chicas no cabían de pie y donde tenían que comer y hacer sus necesidades durante el periodo que durara el castigo. Paquita fue a parar al chiscón en una ocasión por contestar a una monja. “Al encerrarme empecé a cantarles canciones de Concha Piquer, de Machín, cosas por bulerías, hasta que vi que nadie venía a sacarme y ya me puse a llorar, desesperada. No sé exactamente cuánto tiempo me tuvieron allí.”

