
Elena Fernández Cebrián
1962 a 1978 (aprox)
“Tantos años pensando que era mi batalla y resulta que es también la nuestra”
NUESTRA RELACIÓN ES ESTRICTAMENTE TELEFÓNICA.
Ella me cuenta, yo la escucho, hago preguntas, le pido que me repita algo, tomo notas en un documento word, casi transcribo su relato, pero no lo grabo. Hay algo en el implicar mis manos en un directo in absentia que disfruto y me acerca a ella. Su acento no es de ninguna parte porque es de los caminos y a mí me gusta escucharla. Tiene algo del seseo gallego de la costa fundido con una ligera aspiración del sur. Parece italiana, o extranjera de sí misma. Qué sé yo. "¿Cómo llevas lo mío?", me pregunta al final de una de las conversaciones. "Es complejo, le respondo, aquí estoy, buscándole la hechura… la manera de hilvanar tus recuerdos, de darles forma sin perder el sentido ni la esencia que me llega de lo que me cuentas. Hay un poco de caos, tengo yo un poco de caos". "Entiendo -me dice-, es mucho lo que pasé y traté de olvidar".
Lo que aquí sigue es una elaboración propia a partir de las conversaciones telefónicas mantenidas con Elena a lo largo de la primavera y el verano de 2026. En rigor, esto es inexacto pues no solo me ha hablado de su vida por teléfono. Después de cada conversa, Elena me manda un mensaje de texto con una especie de resumen de lo dicho. En esos textos escritos suele añadir algo, algún detalle en el que no había reparado, un dato que antes no recordó. En mitad de uno de estos suplementos, Elena se lamenta de las limitaciones del formato y lo hace con una frase que agarro como título para su historia que es, también, la de su hermana gemela. Comenzamos.
YO ME SIENTO EN LA OBLIGACIÓN DE CONTAR LO QUE A MÍ ME HA PASADO, a mí y a mi hermana. No me puedo callar más tiempo. Se tiene que saber porque fue muy injusto todo.
Quiero empezar cuando nacimos. Nacimos en Lugo. Mi familia eran feriantes, llevaban atracciones de feria. Estando de feria en Coruña, mi madre muere en un parto cuando mi hermana gemela y yo tendríamos un año y medio. Mi padre se queda solo. No sé si fue él o es que se dieron cuenta los servicios sociales o quien fuera, pero nos llevaron a una casa cuna a mi hermana y a mí. Estuvimos seis años, así que ya tenemos siete. Del inicio de ese tiempo no tengo recuerdos.
De ahí nos llevan a un colegio al lado de la casa cuna, el colegio de la Milagrosa. Allí estaba una hermana nuestra, Manolita. Conservo una foto de cuando la familia vino a vernos: padre, tío y Silvia, mi hermana mayor que se iba a vivir a Málaga y es la última vez que la vimos. Es la foto que has visto aquí arriba, la que estamos en las escaleras. A mi hermana Manolita no la volví a ver hasta diecisiete o dieciocho años más tarde. A ella la tratamos más en el colegio La Milagrosa, pero Silvia se nos olvidó, y lo mismo ocurrió con el resto de nuestros hermanos. De entonces me acuerdo que jugábamos en los árboles, que estaban serrados, mi padre venía a vernos y nos traía chicles bazoca que eran como una rueda Michelin. Apareció un día mi abuela y nos trajo unos dulces… recuerdos. Mi padre era payo y mi madre gitana. Al morir mi madre, su familia le echó la culpa de su muerte a mi padre. Recuerdo a mi abuela insultando a mi padre cuando venía a vernos. Queríamos mucho a nuestro padre y nos daba mucha tristeza que mi abuela lo insultara.
Después de la Milagrosa aparecimos en Betanzos, y no sé por qué reparamos en un colegio de niñas con síndrome de Down. Entonces era el Sagrado Corazón de Jesús. Ahora se llama Pai Menny. Nos llevaron allí cuando teníamos nueve o diez años. Allí fue todo muy triste porque como éramos normales nos daban pastillas para adormecernos. Se supone que éramos muy activas, como niñas, así que nos daban pastillas para estar más tranquilas. Recuerdo quedarme dormida, caída, en el suelo del patio. A veces despertábamos ahí mismo y a veces en la cama, si nos llevaban.
Venía gente a visitar a otras chicas y decían “pobrecitas”, se referían a nosotras, a mi hermana y a mí, porque veían que se nos caía la baba, de las pastillas. Ya con doce años, más o menos, había un profe de guitarra, creo que él no estaba de acuerdo con lo que nos hacían, creo que él sufría. Teníamos la boca llena de llagas, por las pastillas, porque las guardábamos en el labio para escupirlas hasta que se dieron cuenta y nos vigilaban hasta que las tragábamos. Mi hermana y yo no éramos las únicas, había alguna más como nosotras.
Mi hija tiene cuarenta y cuatro años, cuando tenia ocho fui con ella a Betanzos a pedir una explicación. La monja me dijo que en los tiempos de Franco era así, que una niña huérfana no podía aspirar más que a casa y comida. Y así se quedó. Fui porque quería saber por qué sufrimos tanto. Me sentí mal porque no me sirvió para nada. Hace unos años pagué un abogado bueno y caro aquí en Málaga, le conté mi historia, me dijo que le diera una semana para ver si había caso y a la semana me dijo que no tenía nada que hacer. Siempre he tenido esto en la cabeza, no me puedo olvidar, por eso me da mucha alegría haber encontrado a las compañeras del Patronato.

“En la casa cuna, bailando para Franco. Su visita fue muy rápida, me acuerdo de que su escolta nos puso algunos collares de plástico y pulseras. A mí me parecieron muy bonitos. Todavía me acuerdo. Perecemos Hansel y Gretel, engordadas y bien vestidas para ese día”.
UN DÍA CUALQUIERA NOS MEÁBAMOS EN LA CAMA, por el frío, la humedad, por ser niñas, y nos ponían en medio de la sala donde dormíamos muchas niñas, nos ponían allí en medio en una banqueta, solo con el camisón, para que no nos meáramos más. Estando así, en el castigo, mi hermana me decía “díselo tú”, para que le pidiera a la cuidadora ¿podemos acostarnos? Si se lo decíamos y se despertaba nos daba con un palo, así que entre unas cosas y otras no dormíamos en toda la noche. Cuando nos meábamos, por la mañana nos ponía la sábana en la cabeza al ir a la iglesia, para que la gente que venía a misa nos viera y nos diera vergüenza. Eso a nosotras nos daba igual, lo que nos importaba eran los palos que nos daba esta mujer y lo que nos decía: como os mováis os mato. Una vez, esta cuidadora que se llamaba Nieves nos llevó a la cuadra de los cerdos para asustarnos, otro día a la de los caballos, allí nos ponía una manzana en la cabeza y nos obligaba a quedarnos quietas y que el caballo viniera a comerse la manzana. El caballo nunca se acercó a comerse la manzana, pero pasamos mucho miedo. Y en la de los cerdos nos dejó allí dentro a ver si nos mordían. Todo eso por mearnos en la cama. Esta mujer se llamaba Nieves y a mi entender hoy día, diría que era esquizofrénica.
Nosotras allí cosíamos, teníamos muy buenas manos para coser. Desde enero hasta junio que las monjas ponían esos manteles preciosos en un gimnasio que nunca se usó como gimnasio. Allí exponían los manteles y los vendían. Eso era por la tarde, lo de coser gratis. Por las mañanas era pelar y cortar patatas para la comida. Éramos unas setenta, entre niñas y monjas en aquel colegio. Y después había que lavar la ropa en lavaderos, ahora esos lavaderos me parecen bonitos porque son una reliquia pero entonces era horrible del frío. Además de coser, como trabajé en la cocina bastante tiempo vi lo que ellas comían y eran manjares. También hacían dulces, tenían confitería. Yo aprendí a hacer todo eso pero nada de probarlo. Tengo recuerdos de limpieza, de coser, de palos… En un cierto momento nos bajaron la medicación creo que para aprovecharse mejor de nosotras, para rendir más, y de ahí tengo más recuerdos. Hacíamos los retoques del DNI, cortar los bloques de plástico, redondear los bordes… Otras cosas que hacíamos: limpiar lentejas, eso con poca edad y según crecíamos vinieron cosas más complicadas, sobre todo de coser. Hacíamos manteles de ensueño mi hermana y yo, pero no terminaba uno ya estábamos cosiendo otro. He llegado a bordar las estrellas de los coroneles, la bandera de España con hilo de oro, también he bordado los pañuelos de los curas con las iniciales, no recuerdo ninguna inicial porque eran muchos pañuelos, muchos curas, muchas cosas. Vainicas, vainicas dobles, un montón de cosas terribles. Pero a los trece años no sabíamos ni escribir nuestros nombres. Mientras cosíamos nos ponían la radio y por la tarde nos ponían un rato la tele, y ahí veíamos las películas de Marisol. Rezar rezábamos mucho, ángelus, rosario. Mi hijo está en la legión y cuando me vino cantando las canciones de la legión yo ya me las sabía. El novio de la muerte y cosas así. Y le dije espérate que yo te acompaño, porque las sabía de cuando Betanzos.
Allí muchas chicas estaban enfermas, pero de los nervios, de la situación que vivíamos. Nos convertimos en salvajes para defendernos. Nos defendíamos con las manos tirando de los pelos, así nos enseñaron, así crecimos. Con las otras niñas la relación era normal, algunas no hablaban, algunas tenían parkinson, y con algunas nos peleábamos a las manos, porque no permitían que pisáramos un pasillo que era su zona, y entonces nos pegábamos. No solo había niñas, también había personas internas muy mayores, pero de esas recuerdo poco, nada. No tuvimos muchas amigas, las gemelas somos nuestras, no necesitábamos a nadie.
Una vez vino un doctor al colegio porque yo tuve una crisis con once años por lo que estaba pasando allí. Mi hermana estaba ahí al lado, no me entendía, sufría de verme, el médico fue quien dijo que lo que me estaba pasando era una crisis de ansiedad severa. Mi hermana y yo nos amábamos pero también nos matábamos a palos de la tensión, de la incomprensión, nos hacíamos mucho daño y luego nos pedíamos perdón. Hasta que un día juramos no volver a hacerlo y lo cumplimos. Entre nosotras estuvimos bien, pero la cosa ahí dentro siguió adelante.
Yo no creo que las monjas fueran malas, pero no nos atendían y se aprovechaban del trabajo que hacíamos. Estábamos custodiadas por Nieves que no era monja y esa sí era mala. Las monjas no veían lo que estaba pasando con ella y nunca les contamos porque teníamos miedo de las represalias. Con once años me vino la regla, no sabía qué era aquello y me encerré en el baño, llegó Nieves y me pegó.
A veces nos llamaban a la portería, cuando te llamaban de la portería pensabas que tenías visita. Pero algunas veces nos llamaban y en lugar de nuestro padre había una monja y un cura y nos hacían hipnosis: nos hacían poner los brazos en cruz, te pesan los párpados, te pesan, te pesan… y después no me acuerdo de nada porque caíamos en la hipnosis. Y esto fue muy frecuente. Después tampoco sé qué pasaba, recuerdo que nos dolían los brazos al despertar y nos decían “ya os podéis marchar”. No sé para qué podía ser. “Elena y Ana tenéis visita” íbamos corriendo y luego era eso. Una cosa muy rara que pasó varias veces. ¿Qué pasó ahí? No lo sé.

No tengo ningún papel de los centros por los que he pasado. Solo uno de la casa cuna y otro de la Milagrosa. Yo pensé que a Betanzos entré con 11 pero el papel dice que tenía 9. Muy pronto, me metieron ahí sin ninguna conciencia.
DE BETANZOS SALIMOS CON CATORCE O QUINCE Y FUIMOS A ADORATRICES. No sé cómo nos llevaron hasta allí. No tengo recuerdos. De repente aparecimos en un reformatorio en A Coruña. Había tres grupos: San Miguel, San Rafael y otro. Nosotras fuimos a San Miguel que era el de las recién llegadas, las nuevas. Allí había chicas fugadas de casa, chicas por prostitución… Nosotras de todo eso no teníamos ni idea y no hacíamos nada, así que nos cambiaron de grupo a los pocos meses. En Betanzos no había rejas pero en Adoratrices sí. No veíamos el sol. No recuerdo ningún patio. Y eso fue un gran shock. Antes de seguir con Adoratrices quiero contarte otro recuerdo de Betanzos. Como yo siempre me portaba bien la monja me mandaba cuidar de las chicas, chicas mucho más mayores que yo, mientras ella iba a no sé dónde, quizás a merendar, pero pasaban horas. Yo tenía miedo aquellos ratos porque como aquello iba todo a palos, temía que se me echaran encima y me pegaran, tanto las monjas como algunas enfermas. Palos y más palos. Cuando volvía la monja, si consideraba que yo lo había hecho bien, me llevaba a un salón aparte y me daba un cigarrillo y yo me lo fumaba, yo que no sabía lo que era eso. Ella misma me lo encendía. Me acuerdo hasta de la marca, Ducados negro, y claro yo empezaba a toser y me mareaba cayendo al suelo. Ese era mi premio.
En Adoratrices me dejaron ir a trabajar a una confitería en frente de Riazor, creo que se llamaba Carmen la confitería. Como no me dejaban comer pasteles, cuando iba camino al baño cogía los cruasanes recién salidos, calientes, me los metía en el puño y me los comía. Engordé muchísimo. En Adoratrices tenía yo una compañera, María de la Barca, un poco mayor que yo, su padre le mandaba muchas cosas. Un día ella vino a buscarme en un coche a la confitería para subir a las adoratrices. Es mucha cuesta así que acepté subir en el coche para que me subieran. Allí en el coche había un hombre sentado en el asiento de atrás. En confianza me subí y no debí hacerlo. Llegamos al colegio, ella se baja del coche y cuando voy a bajar ella cierra la puerta y arrancan el coche conmigo dentro. Y tuve una agresión sexual por esas dos personas toda la noche. Fue en un descampao, y también fuimos a un bar.
Por la mañana llamo a una compañera de la confitería, a Loli. Yo estaba en una cafetería porque me habían soltado allí. A Loli le conté la verdad, ella llamó a la superiora que vino a la cafetería a buscarme. Yo no entendía nada, no sentía nada, no quería hablar. La madre superiora no me llevó al médico ni a la comisaría, me castigó un tiempo encerrada y vigilando si me había quedado embarazada. No tuve una palabra de consuelo, una palabra sobre qué ha pasado y por qué. Nada. Yo no hablé con mi hermana ni con nadie porque sentía que yo era culpable, pensé que mi hermana no lo iba a aceptar. Aún hoy no lo sabe. De la vergüenza, de la pena, de la rabia me he pasado cuarenta años buscando a esas personas en mi mente y dedicándome a pensar que si las viera hoy… voy a decir que las mataría, pero no es así. Iría a la justicia, pero aquello está más que pasado. Uno de ellos era de los Tarantos, un grupo de música de verbena. Y el otro sé que se llamaba Santaya, creo, porque con el tiempo recopilé un poco de información y sé que lo llamaban Santaya. No sé más.
En Adoratrices volví al grupo San Miguel, perdí todo lo que tenía, en vez de estar en la cúspide volví abajo, fue como empezar de nuevo otra vez. Nadie dijo nada, no se hablaba de nada. Sencillamente era así. ¿Cómo le explicaba yo a mi hermana si no sabíamos ni que había hombres con pene? Ahí poco a poco me fui ganando de nuevo los votos de buena persona, de trabajar más, de rezar más, de limpiar más, de todo más. Y las monjas se dieron cuenta de que era la misma y entonces para que me sintiera bien, al lado de las Adoratrices había una residencia que era también de ellas donde venían chicas a vivir pagadas por los padres, para estudiar. Me mandaron allí y me encargaba de lo mismo, limpiar, hacer la comida… Tenía más libertad, me dejaban salir cuatro horas los domingos con una carabina al lado. Me pagaban un poquito y me compré la misma ropa que llevaba mi carabina. Yo nunca había tenido ropa y me compré una falda verde y una camisa como la que llevaban las grecas. Me gasté 12.000 pesetas en el traje. A ver, no me lo gasté yo, me lo compraron. Yo no toqué dinero. Y eso es todo lo que me dieron trabajando en esa residencia de chicas. Con Adoratrices nunca he intentado contactar para pedir mi expediente. Más pena tengo de lo que nos pasó en Betanzos.
CON DIECISÉIS O DIECISIETE AÑOS NOS LLEGA UNA CARTA DE MI HERMANA con una foto de la familia. La madre superiora nos la entrega y le decimos que no puede ser porque nosotras no tenemos familia. Ella nos explica que sí. Entonces nuestras hermanas vinieron a buscarnos y nos trajeron a Málaga a vivir con ellas. Al irnos la madre superiora me dijo: "Elena, espero que el blanco de tus ojos no desaparezca nunca". Creo que lo dijo como algo positivo.
Pero hay cosas que no me encajan, ¿cómo es que si me enteré de que tenía hermanas en Adoratrices luego trabajé dos años en Ferrol? No concuerda. Mi hermana no recuerda apenas nada. Le pregunto por ese particular y no sabe, se ríe. Son tantas cosas que me vienen como en avalancha. Ahora me he acordado de otra cosa de Betanzos, pero esta vez es una cosa buena. Una mujer y su madre, muy mayor, que vivían en la Coruña, venían y nos sacaban a mi hermana y a mí. Yo supongo que era asistente social o algo. Nos llevaba a su casa de la Coruña a pasar el día y nos daba cosas ricas. Y me acuerdo de que como teníamos tanta ansiedad, nos lo comíamos todo hasta ponernos enfermas de la misma ansiedad. Esta mujer nos compraba caramelos. Me hubiera gustado verla y agradecerle porque nos sacó varias veces y nos trató muy bien.
Voy a contarte de Ferrol a ver si por ahí me organizo y aclaramos lo que no me encaja. En Ferrol era también de las Adoratrices y estaba al lado de la fábrica de lápices en el puerto. Una residencia pequeñita, éramos pocas chicas y pocas monjas. Ahí el ambiente era mejor, más tranquilo. Ya era el año 77 si no recuerdo mal. Allí nos pusieron a trabajar en Hispania, la fábrica de lápices. Así que no teníamos que ir muy lejos. Nosotras éramos aprendices pero trabajábamos como profesionales, o sea, nos pagaban poco. Mi hermana queda embarazada y se la llevan a Peñagrande. Mi hermana la mayor luchó para sacarla de ahí, lo consiguió y se la llevó a Málaga. Mi hermana no parió en Peñagrande. Eso es. Así fue. Entonces mi hermana Ana me llama y me cuenta que está en Málaga y es cuando fui a reunirme con ellas. Yo tendría ya dieciocho años cuando llegué a Málaga, pero nadie me había dicho que además de hermanas tenía dos hermanos que estaban en Galicia y a los que solo conocí muchos años después. Yo llegué a Málaga buscando el amor de mi gente, puesto que no lo había tenido nunca. Y aquí sigo.
EN FERROL DOS SEÑORAS CUIDABAN DE MI HIJA MIENTRAS TRABAJABA. Ellas se dedicaban a cuidar niños. La Chuca y la Tacha, eran adorables, de hecho alguien les dejó a dos niños en la puerta sin más nada y ellas los criaron hasta adultos. Un día tuvimos que irnos porque un novio que tenía mi hermana… esa es otra historia, el caso es que nos fuimos para Málaga. Yo les dije que volvería para pagarles.
Yo tenía esa deuda en la cabeza y hasta que no fui no paré. Ya que volví a pagar a estas mujeres cuidadoras, fui a Betanzos, fue entonces cuando fui al colegio en busca de una explicación. El colegio tenía dos conchas grandes a la entrada. Conchas inmensas que te podías sentar. Eran un San Roque con el perro y la concha, y al otro lado otra concha. Mi hija nació en el 81 y tendría ella ocho años, así que sería el año 89 cuando fuimos. Allí hablé con una monja y mi hija sentada en una de las conchas. A esa monja no la conocía, era joven, algo mayor que yo y me dijo lo que ya te conté. ¿Pero por qué aquí y no en otro colegio? Y ella: eso es lo que hay. Y con las mismas cogí a mi hija y me fui. Y dije es lo que hay pero no quedé tranquila. Y después fue lo de ir a hablar con el abogado que tampoco pudo hacer nada. El colegio había cambiado, se dedica a lo mismo pero con más conciencia.

Esta foto es del momento en que murió mi madre porque mis hermanos van de negro.
TE VOY A CONTAR UNA COSA. El colegio de Betanzos está arriba de una faleza, una faleza es un acantilado. Desde allí puedes ver todo. Los domingos nos poníamos allí en un banco que había a ver si llegaba nuestro papá, y todos los domingos era una decepción muy grande porque no venía nunca, y llorábamos durante horas y lo pasábamos muy mal. Y cuando venía a vernos, las pocas veces que vino, la monja estaba al lado. Una de las veces mi padre nos vio con las alpargatas y nos compró unos zapatitos. Nunca pudimos hablar con él sin la monja.
Ya mayores, con dieciocho o veinte años, a mi padre le gustaba fardar, presumir de sus hijas, y nos llevaba por las tasquillas por donde él iba en Coruña. Un día él estaba cansado, así que nos sentamos y empezamos a contarle lo mal que lo habíamos pasado y él lloraba porque no sabía nada de lo que habíamos vivido. Íbamos a verlo y le llevábamos café, aceite, azúcar. Un día en navidades le hicimos un regalo especial, un jabón rojo que era una flor. Era tan bonito que se lo regalamos.
Cuando éramos muy pequeñas, estando ya en Betanzos, alguna vez que nos llevaba a casa quería tener relaciones con nosotras. Mi hermana no se acuerda, se lo conté cuando él murió. Ella se acordaba pero no quería acordarse. Estábamos en la cama, jugando con él quizá, te voy a hablar francamente, quizá le tocamos ahí o no, yo qué sé, jugando, éramos unas niñas. Yo creo que él se puso las pilas y después nos la quería meter en la boca. Ese es el recuerdo que yo tengo y nosotras no, no, no. No llegó a hacerlo. Pero su ademán de traernos la cabeza hacia su cosa lo recuerdo. Ya te he contado que tengo más hermanos, pues mi hermana mayor me contó mucho después que se fue de la casa porque él quería abusar de ella.
Nunca hablamos de esto con mi padre. Lo dejamos como si fuese un sueño, vamos a decir. Y nunca tocamos el tema. Y cuando somos pequeños se nos olvidan las cosas, sobre todo esas. Esa se fue de la mente. Pero una vez que mi padre murió, mi hermana tenía mucha pena y yo también. Entonces para sufrir menos me acordé, y le conté a mi hermana, le dije basta ya de tanta pena porque esto es lo que nos hizo el papá.
DE LO QUE MÁS ME ACUERDO ES DE CAERNOS DE REPENTE,
de adormecimiento, de los palos que nos daban, pero me acuerdo también de momentos buenos, de las obras de teatro, mi hermana era muy buena, también éramos del coro. Mi hermana tenía voz de ángel, todo el mundo miraba para arriba. También fui monaguilla limpiando la iglesia con cera, los bancos. Lo de que la gente mirara para arriba era cuando ella cantaba en fiestas especiales en la iglesia y venía todo Betanzos. Ese día, a las del coro, nos daban algo especial de comer.
Olores de Betanzos, sí, recuerdo cuando me llega como un fresco, como un vientecito que cuando viene aquí en Málaga, me recuerda a cuando nos llevaban de excursión al campo, y nos daban una patata y un trozo de empanada, y ese airecito todavía lo recuerdo. Y mi hermana también, porque lo hemos comentado. Mira Elena, ese aire que viene que se parece. Con mi hermana hablamos de todo aquello pero de otra manera: hay que ver lo que nos han hecho, no nos lo merecíamos, es muy injusto, podíamos haber sido de otra forma, haber tenido estudios, la cantidad de cosas que ni sabemos que podíamos haber hecho. Hablamos con pena más que con rabia. Y a veces nos ponemos a llorar.
Recuerdas lo que te he contado de esperar a papá en la faleza… En aquel banco que había donde nos sentábamos a esperarlo, sacamos alguna cancioncilla. El profe de guitarra le ponía música y juntos la cantábamos en el fin de curso: Lloro, lloro por ti vida mía, lloro por por ti, si tu supieras lo que te quiero ya nunca más me dejarías. Y en el fin de curso estaba nuestro padre, y nos dio mucha emoción verlo ahí.
lloro, lloro por ti vida mía,
lloro por ti,
si tú supieras lo que te quiero…
ya nunca más me dejarías.
Y viendo ahora que yo te quiero
me dejas sola toda la vida.
HACE UNOS QUINCE AÑOS FUI A ENTERRAR A UN HERMANO MÍO que es un forastero para mí, a la Coruña. Me llamó mi hermana Manola para decírmelo. Así que fui y la ayudé para lograr enterrarlo porque no tenía nada. Vino también mi hermano Antonio que estaba muy enfermo de cáncer. Hablé con él y le pregunté, a una persona que había visto una vez en mi vida aunque fuera mi hermano, le pregunté ¿qué quieres hacer en esta vida? Él dijo quiero ir a Málaga, conocer a mis sobrinos, quiero ir en avión que nunca he ido, y quiero estar en tu casa. Le mandé un billete de avión y vino a vernos y se quedó en mi casa veintiún días. En esos días me habló de mi madre a la cual no conocí. Se llamaba Julio este hermano. Murió. Mi hermana Manola sigue viva y aunque está lejos hablamos a menudo.
Desde que empezó esto del Patronato, aunque esté muy contenta, a la vez intento que no vengan muchos recuerdos, porque duelen, pero desde que nos pusimos a hablar tú y yo, pues vienen más. Es inevitable. Me he acordado a lo largo de los años algunas veces, pero pasaba, no le daba importancia y seguía con la vida. He tenido secuelas de tristeza toda mi vida. Mucha tristeza, pero también me ha enseñado muchas cosas. Si veo alguien que llora, ahí estoy yo también. En el gimnasio ahora viene una chica con síndrome de Down, y no puedo hacerme amiga de ella, me parece raro en mí porque yo no soy así, pero no puedo. Y creo que es por mi pasado. A mí contar todo lo que hemos pasado me sirve de terapia y me siento mejor después. Mientras hablamos me pongo mal, porque revivir las cosas es duro. Una vez que nos quitamos del teléfono me siento un poco mejor. Respiro. Y no lo llevo todo el día en mi corazón.

