Cristi Sáez

1974 a 1976

"Esta foto es de un día que fuimos de excursión unas cuantas, no recuerdo si era el Retiro o un parque cercano a Madrid, con jardines"

ACABABA DE INCORPORARSE AL GRUPO DE WHATSAPP "Supervivientes del Patronato de Protección a la Mujer" que gestiona Consuelo García del Cid. Había visto en Facebook algo de Peñagrande, probablemente la página que lleva Patricia Morini, se puso en contacto y de ahí la metieron en el grupo. "Al leer a mis compañeras comprendo que no me di cuenta de todo lo que pasaba ahí dentro. Sobre todo desde que di a luz y pasaba el día fuera estudiando", comenta la primera vez que hablamos. En algún momento de finales de 2025, pongamos que era noviembre, le escribo por privado para proponerle conversar por teléfono. Acepta y me anticipa que su situación es muy distinta a la de sus compañeras del grupo. Después tuvimos tres conversaciones telefónicas Murcia-Madrid. De la primera surgieron nuevas preguntas al leer lo anotado y bajarlo a tierra. La segunda vez que hablamos me dijo que hacía años que no pensaba en esos particulares por los que le estaba preguntando. Poco antes de cerrar este trabajo hablamos por tercera vez, había pasado tiempo sin respuesta a unos mensajes que le había lanzado yo al inicio del verano, así que volví a la carga. Quería revisar con ella algunos detalles, quizá por una manía de anticiparme ante temas delicados, necesitaba estar segura de que quería compartir su historia públicamente. "A mis hijos les parece bien que cuente lo que quiera sobre mi vida", me dice. "Quiero perder el miedo a ser reconocida. Ya basta de tanto silencio". La última conversación con Cristi me hizo pensar en Las locas que no lo eran, un libro reciente de Carmen V. Valiña construido a partir de los expedientes y las cartas de una serie de mujeres internadas en el ya inexistente Manicomio de Conxo (Galicia). Hacia el final la autora reflexiona: "Contar la vida permite construir la singularidad en un espacio precario. Es contraponer nuestro reflejo auténtico a lo que han intentado construir sobre nosotras (…) En este sentido el archivo del yo es una práctica de resistencia". ¿Cómo es esa vida que contamos cada vez que la contamos? -me pregunto yo-, ¿qué añade el efecto de recordar a la existencia (e insistencia) misma del hecho recordado?

La voz que viene a continuación es una elaboración propia basada en lo que anoté de lo que Cristi dijo. Más sencillo: el texto incluye bastante transcripción literal y mi mayor trabajo ha consistido en ordenar las notas que tomé durante las llamadas telefónicas, de manera que sigan un orden tendiente a lo cronológico y trasladen sus palabras con alta fidelidad. Cristi conserva bastantes fotografías de aquella etapa inicial de maternaje y tuvo a bien compartirlas para acompañar su historia, que aquí va.

VER, OIR, CALLAR

YO LO PIENSO Y ESTUVE BIEN. Para entonces yo vivía en Ciudad Real con mis padres y estaba estudiando PREU y también me estaba sacando el título de auxiliar de clínica. Venía de una familia normal: mi madre era muy religiosa. Hasta los dieciocho fui a un colegio de las Salesianas y salí pensando que si me daban la mano me quedaba embarazada. Imagínate. Mi novio me deja embarazada, así que fuimos juntos a contárselo al cura que era amigo. Yo tenía diecinueve años, entonces la mayoría de edad era a los veintiuno y la liberación de la mujer era a los veintitrés. Mi novio tenía una amiga que trabajaba en la DGS (la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol), tal vez ella podría cambiar la fecha de nacimiento de mi documento y así salir del país para ir a abortar a Londres, pero yo no quería abortar. Mi novio tenía veintidós y era maestro, ya trabajaba, y el cura nos habla de Peñagrande: una maternidad de monjas, y propone que pase allí el embarazo. Por la mañana les dije “me voy a clase” y mi novio me llevó en su coche hasta Madrid, en la puerta de Peñagrande dijo que no me preocupara, que vendría todos los fines de semana. Por la tarde bajó el cura a contarles la situación. En mi casa se montó una gorda y fueron a casa de mi novio. Se montó otra gorda y deciden denunciarlo porque mi novio era mayor y yo era menor. Entonces mis padres van a Madrid, vienen a verme a Peñagrande, mi madre dice que no quiere saber nada más de mí y mi padre dice que me van a ayudar. Yo no firmé la denuncia, mi novio me había prometido que iba a volver, y sin mi firma aquella denuncia no tenía validez.

Me quedé embarazada la primera vez que tuve sexo con mi novio, que fue en el coche. Yo no me lo creía, el padre de uno de los amigos de la pandilla era analista, tenía un laboratorio y como yo estaba con mareos, mi amigo me analizó la orina en el laboratorio y me dijo "estás embarazada". Es más, el padre de mi hijo nunca me vio desnuda. No tuve ningún orgasmo hasta mucho después. No podía fiarme de nadie porque lo pasé muy mal.

Aquí tenía 16 años. Es la foto del carnet del instituto.

Al día siguiente de llegar a Peñagrande me ponen a trabajar ensobrando los cromos de los pastelitos. Me ponen en una zona donde solo estábamos ocho chicas. Esta zona se llamaba "ingresos", ahí estaba la enfermería, era donde te reconocían y luego te ubicaban en un lugar u otro, pero a unas pocas nos dejaron en ingresos hasta que parimos, y ahí ya nos bajaron a las habitaciones. Es esa zona estábamos alejadas del resto, lejos de las “delincuentes menores”, así las llamaban. La mayoría eran revolucionarias. “Esta es que va a las manifestaciones de los comunistas”, decían de alguna, se hablaba de los comunistas, de los rojos… entre mis compañeras decían esas cosas… las llamaban presas políticas. Nosotras, las ocho que estábamos en esa zona, no teníamos ningún delito a cuestas, ni veníamos de reformatorios, veníamos de nuestras casas y nos metían ahí embarazadas para ocultarnos. La mayoría de las chicas como yo los daban en adopción, otras se los quedaban después de pelear con los padres. Estábamos totalmente separadas excepto en el comedor que tampoco hablábamos, porque a las de “ingreso” nos ponían en una mesa juntas. Ellas, las demás, estaban todo el día en talleres y en otro pabellón excepto esos ratos de la comida.

Recuerdo el mal ambiente entre algunas de las chicas, sobre todo había problemas con las que dejaban a los hijos en adopción, que eran mal vistas por algunas internas más mayores, las consideraban malas madres. Al mismo tiempo, las monjas presionaban para que diéramos en adopción. A mí no, pero me consta que pasaba: muchas estaban embarazadas de sus padres con catorce y quince años, no tenían capacidad de decisión con esa edad, y a esas las presionaban mucho.

Aquí tenía 16 años. Es la foto del carnet del instituto.

Mi hijo en nuestra habitación en Peñagrande. Al fondo se ve la maleta que compré. Era de cartón duro y la usaba para guardar toda su ropita. Yo a Peñagrande llegué con lo puesto y con los libros de PREU debajo del brazo. Sin más.

En la guardería de Peñagrande, con un mes.

HACÍAMOS ESOS PELUCHES GIGANTES QUE SE RIFABAN EN LAS FERIAS. El trabajo podía variar de semana en semana. De vez en cuando llegaban los señores con el montón de trabajo y a darle. En los talleres había quien cosía trozos a máquina, otras teníamos unas grapadoras enormes. Yo hacía las cabezas de los bambis, grapaba la tela de la cabeza, se la pasaba a otra chica que cosía la tela del cuerpo. Odio los peluches, por cierto. Era toda la mañana y por la tarde también. Me dieron algo de dinero y compré dos maletas que las vendían allí mismo. Y fui a la Plaza Mayor a comprar lanas y agujas de hacer punto, porque no tenía nada que ponerle cuando naciera.  El trabajo durante el embarazo era todo el día y ahí sí coincidíamos con las otras, en los talleres, pero era trabajo en cadena y estábamos vigiladas, ahí no se hablaba. Cuando tuve al bebé y fui a estudiar dejé ese trabajo, pero tenía que fregar a la vuelta.

Los fines de semana sí convivíamos un poco más, había tiempo libre, salíamos al jardín. Nosotras podíamos salir, las otras no, ellas no. Nosotras hasta hicimos alguna excursión. Hay una foto con mi hijo que es de una salida un sábado.

Mi hijo en nuestra habitación en Peñagrande. Al fondo se ve la maleta que compré. Era de cartón duro y la usaba para guardar toda su ropita. Yo a Peñagrande llegué con lo puesto y con los libros de PREU debajo del brazo. Sin más.

El parto fue horrible, dos días de parto con mucho dolor. Se retrasaba y me tuvieron un mes sin ayuda, así que nació muy pasado de la fecha. Un mes. Y pesaba 5 kilos. Fue peligroso para él y para mí. Había dos matronas de la calle, que eran… como muy machas. Solo había una cruzada evangélica que conmigo era muy buena. En el momento del parto una de las matronas me echó un líquido en la vulva que me ardió, me dijo que era un desinfectante y cuando me quejé me dijo “perdón, perdón, que no he rebajado el agua oxigenada”. Yo me quejo poco, me quejo para dentro, pero ahí dentro escuché esas cosas horribles que comentan las compañeras. “Te ha dolido, ¿verdad? Pero cuando te la metían no te quejabas, pues ahora aguanta”. Pero a mí no me dijeron eso. A mí, menos lo de quemarme la vulva me trataron muy bien siempre.

En octubre del 74 tengo al bebé y al día siguiente viene una abogada, que no sé si sería de las de Atocha, que me explicó que iban a inscribir al niño y me preguntó cómo quería llamarlo. La abogada me explica que al ser yo menor de edad, la tutela la tendrían mis padres. Me explica también que si al niño le ponemos los apellidos del padre, la patria potestad la tendría él. Si no quieres eso, espera a ser mayor y ponle tus apellidos invertidos para que no parezca que es tu hermano.

En la guardería de Peñagrande, con un mes.

Y empieza el curso y yo quería hacer COU, así que por la mañana iba al instituto, dejaba a mi hijo en la habitación, ahora era un cuarto para mí y mi hijo, otra mujer lo recogía y lo llevaba a la guardería, cuando volvía le daba la teta y por las noches trabajaba en el botiquín de niños. El dinero que ganaba en este trabajo, que era poco, lo usaba para pagar a una de las mujeres que estaban allí hasta cinco o seis años con sus niños. Les daba una parte de lo que ganaba para ayudarlas, por haberme ayudado a mí, al recoger al niño de la habitación y llevarlo a la guardería. Tampoco con ellas hablé nunca de nada. Yo tenía que estudiar y cuidar de mi hijo. Nada más.

Llega junio del 75 y termino el curso. Quiero hacer medicina pero la carrera son muchos años y tengo que salir de aquí, así que decido que mejor enfermería. Lo hablo con la madre superiora de Peñagrande y me explica dónde ir. Me dice el nombre de varias clínicas, me las recorrí, hice la inscripción y al poner mi dirección me dicen que las que estamos en Peñagrande no podemos inscribirnos en ninguna escuela. Fui a cuatro escuelas, y en las cuatro lo mismo: Salus, El Rosario, otras dos cuyo nombre no recuerdo, una de ellas estaba en el Clínico. Vuelvo a Peñagrande, le cuento a la directora y me dice que esté tranquila, que seguro que algo sucedía y yo conseguía entrar. A los pocos días una compañera mía tiene una niña y al día siguiente desaparece porque cuando daban en adopción las chicas desaparecían al día siguiente. Y los niños se quedaban en el botiquín de niños. La directora me llama y me pregunta si puedo hacerme cargo de una niña que será dada en adopción en mes o mes y medio. Un día de septiembre, una monja me dice que arregle a la niña que van a venir a por ella. En el  despacho hay una monja y un matrimonio. Yo me quedo mirando fijamente a la monja, el matrimonio me mira y los miro. El hombre era hermano de la monja y a la sazón director de una de las clínicas donde me rechazaron para estudiar. Le explico la situación a ese hombre y al día siguiente pude entrar en la clínica de El Rosario. La madre natural de aquella niña era de muy buena familia y se suponía que estaba estudiando en Londres.

"TENÉIS QUE IR A DESPEDIROS DE FRANCO", y nos mandaron a ver el féretro a unas cuantas de las que podíamos salir. Fuimos en bus, estuvimos allí en fila durante horas, pasamos por delante y miramos al muerto. Yo no me cuestionaba nada, solo quería salir adelante. Tuve una actitud de persona dócil y tranquila; a todo sí. Y soy bastante rebelde, pero en aquel momento solo tenía un fin: salir adelante. En realidad eran dos objetivos, estudiar y sacar a mi hijo adelante. Me alejaba de los conflictos como estrategia psicológica para no sufrir.

Cuando trabajaba en botiquín, por las noches, por lo menos me subieron cinco niños que no respiraban. Algunos de ellos con marcas muy raras. La monja un día dijo: "otro que se han quitado de en medio". Algunas no los daban en adopción pero tampoco querían quedárselos. Nadie lo vio, pero el forense decía que habían sido asfixiados. No sé si tomaban represalias, no sé qué pasaba con las madres, hasta dónde llegaba su desesperación, pero de ahí desaparecían. Mi situación fue distinta. Yo no fui por castigo, fui recomendada por un cura, y eso hace que la situación de mis compañeras me dé mucha pena. Había otras como yo, que estudiaban, pero éramos las menos.

Estoy recordando que una vez hicieron una fiesta para unas personas del Patronato. Me dijeron que me tenía que arreglar bien y repartir canapés. No sé qué era aquello exactamente, pero todo el mundo iba bien vestido y eran personas importantes que ayudaban económicamente al Patronato. Nos llevaron a las estudiantes. Recuerdo mi traje de punto a rayas, chaleco y falda beige y marrón.

No recuerdo pasar hambre, solo recuerdo pasar mucha tristeza. No me gustaba el arroz que hacían con berberechos de lata porque tenían tierra, por lo demás no recuerdo que la comida fuera mala, nada en particular más que el arroz. De todas formas, durante la semana yo comía bocadillos que me hacían las monjas para llevarme a la escuela donde estudiaba. Los fines de semana limpiaba esas ollas gigantes donde se hacía la comida para todas, como labor por estar allí. En esas ollas cabían por lo menos tres personas, y para limpiarlas teníamos unos cepillos grandes. A mí no me pagaban nada, solo una pequeña cantidad para dar a la chica que me recogía al niño para llevarlo a la guardería, pero yo iba a la escuela de enfermería y el Patronato pagaba esa escuela.

La educación de la época era la obediencia. Dios dice que hay que obedecer. Y así, ¿qué creas? Ovejas. Yo empecé a pensar por mí misma cuando tuve el problema, cuando me quedé embarazada y no estaba bien visto y entendí que tenía que ser dócil. Que nadie se dé cuenta de que existo, para evitar conflictos, como autoprotección. Y lo conseguí, no tuve conflicto con nadie. Quizá fue una actitud cobarde, yo vi que a las que no se callaban les iba mal. Ahora soy así, no me callo una, pero en aquella época era como una niña de doce años, tonta perdida. Íbamos a misa los domingos un poco obligadas, aunque algunas no iban. Yo sí iba porque necesitaba agarrarme a algo, después no he vuelto.

Otra cosa que me encomendaban las monjas era llevar muestras de sangre de analíticas a un laboratorio en la calle Fuencarral. Iba con una maletita y luego volvía directa a Peñagrande. Esto lo hice antes de empezar a estudiar, era verano y aún estaba embarazada. Era algo frecuente, una o dos veces en semana. Antes iban las monjas pero cuando me lo encargaron dejaron de hacerlo ella porque se ve que lo hacía bien. Me preguntaron si podía conducir y les dije que sí porque tenía carné, pero nunca hizo falta.Las chicas aprovechaban para encargarme que comprara tabaco, pero las monjas no me dejaban que sacara cartas de las chicas para sus novios, familiares, o lo que fuera.

Navidad de 1974. Mi hijo tenía algo menos de tres meses y como era muy guapo y espabilado lo eligieron de niño Jesús. La virgen y San José eran dos madres del centro. La virgen era de Madrid, creo, y San José de Valencia. Eran muy buenas personas. Ese día hubo fiesta religiosa y tuvimos una cena especial para todas las internas.

ERA TODO MUY SECRETO, ¿SABES? Algunas hablábamos de nuestros novios pero otras no, no se compartían intimidades, y además sabíamos que era temporal. Ninguna estábamos en un mundo propio, ninguna queríamos estar allí. Era difícil compartir tus sentimientos, había miedo a decir algo que no fuera conveniente. De hecho, cuando tuve el bebé y me fui a otra zona, no volví a ver a mis compañeras de ingresos nunca más. Nadie podía saber que eras madre soltera. Cuando empecé la escuela de enfermería, la directora de Peñagrande me dijo, "por favor, no le digas a nadie que eres madre soltera y que vives aquí". Un día en la escuela ya no pude más y lo compartí con una compañera con la que había hecho amistad y me dijo, "no se lo digas nunca a mi madre". Yo iba a menudo a comer a casa de mi amiga con su familia y su madre nunca se enteró.

Un día volví a las siete de la tarde de estudiar y en la salita me estaba esperando la familia con mis maletas y mi hijo. Mi madre me dijo "ya te he perdonao". No puedes seguir aquí, decían. Tú no eres una persona para estar en este centro, decían. Es mejor que te marches, decían. Así que me iba a la casa de una amiga de mi madre "para empezar" y ella me iba a ayudar a buscar un piso. Ellos se llevan al niño, "y tú te quedas estudiando hasta que termines tu carrera". No pude despedirme de nadie, lo organizaron así para que no me despidiera. Todo era secreto. Ya era 1976 cuando salí de Peñagrande, así que en total estuve casi tres años. Como te conté, para mí no fue malo estar allí, me ayudaron a solucionar mi vida. Lo pasé muy mal porque mi hijo se quedaba solo todo el día para irme a estudiar, pero no porque ellas me hicieran nada.

En el pueblo sabían la historia, claro. Cuando regresé estaba con mi hijo, y lo que se decía era: ha venido una madre soltera con un hijo de la mano. Nunca hablé de ello con nadie, hasta que conocí a un chico en el pueblo de al lado, nos hicimos novios y le conté. Me casé con él y reconoció a mi hijo. Yo todo aquello lo superé, porque en el pueblo todos sabían, y entonces me sentía libre. Lo peor fue luego, en lugares donde no te conocen, yo no lo hablé con nadie. Para mí ha sido una liberación entrar en el grupo de whatsapp porque allí se cuenta lo que cada quien sufrió y me siento como una más. Lo he superado, soy muy sensible pero creo que no me ha dejado huellas muy marcadas. Además mi madre, cuando iba a morir, me pidió perdón, se dio cuenta de que estaba en un error y dijo “mi fanatismo me hizo hacerte daño. Y mi obsesión con el qué dirán”. Y yo: "el qué dirán, ¿quiénes?, ¿los que ni te miran?" Pues ese era el problema. El qué dirán. Un día vino un matrimonio de amigos de mi madre, uno de ellos era cursillista y le dijo a mi madre que lo que había pasado era porque no me habían educado bien acorde a los valores de la iglesia.

Cuando el padre biológico de mi hijo se enteró de que iba a casarme, vino a decirme "he visto las amonestaciones en la iglesia del pueblo y vengo a pedirte que no te cases y que me perdones". Tiempo después, como fue maestro toda la vida, le pusieron su nombre a un colegio público de Marbella que todavía lleva su nombre.

Hace un par de años, en 2024, tuvimos un encuentro de antiguos alumnos del instituto en mi pueblo, en Valdepeñas, celebrábamos que habían pasado cincuenta años. Allí un hombre, no sé si puedo llamarlo compañero, vino a comentarme que yo era como muy fresca, que cuando estábamos en el instituto yo ya había tenido un novio, luego me quedé embarazada del segundo novio… añadió incluso que además le encasqueté, así dijo, le encasqueté el niño al hombre con el que me casé. Vino a decirme que era una puta sin decirlo. Dijo también que no se atrevía a acercarse a mí, que yo, al tener ya algún novio, estaba como por encima, como si fuera intocable.

Concluye así el relato de Cristi, con este episodio-confesión de un ex-compañero hace apenas dos años. Cristi cierra antes de colgar añadiendo unas palabras que les he oído a otras compañeras presentes en este fondo: "Yo he sido siempre muy positiva, sabía que tenía que tirar para adelante, luchar y salir. Creo que he tenido suerte, pero la actitud ha sido algo fundamental en mi recorrido". Y ya por mensaje de texto, corta y cierra: "Cada día recuerdo más cosas. He estado escondida toda mi vida".