
Araceli Navarro Rosell
1969 a 1970
"Fin de año en Navalmoral de la Mata, Cáceres, en 1968. Con un grupo de amigas y amigos, ellos de traje, ellas de vestido". Es la única que parece atender a quien fotografía y le regala una sonrisa de fin de año. La Nochebuena siguiente la pasó en San Fernando, el reformatorio de San Fernando de Henares cuyo nombre oficial era Colegio de Nuestra señora del Pilar.
COMENCÉ POR INVENTAR UN NOMBRE PARA ELLA, POR EJEMPLO, MERCEDES. Así se llamaría en los dosieres que preparé para presentar el proyecto de película documental a algunas productoras. Apenas conocía unas pinceladas de su historia, lo suficientemente densas y jugosas para un párrafo de presentación de personaje: del reformatorio la mandaron a un psiquiátrico por conducta homosexual. Su párrafo de venta concluía que "una vez se atrevió a amar a una mujer". Aún no la conocía personalmente ni había hablado con ella por teléfono, pero cuántas preguntas quería yo hacerle. Haber pasado por el reformatorio de San Fernando y por Arévalo en Ávila despertaba todas mis lucecitas, pero Mercedes no estaba para preguntas.
Hasta hace no mucho tiempo Araceli no quería hacer pública su historia. No todavía. Ha sido un proceso largo, tan largo que su familia no sabía nada de su pasado hasta finales de 2025. No quería herirles, no quería que sufrieran por lo que ella había sufrido. Protegerles. Quería proteger a sus dos hijos que rondan la cuarentena. Poco a poco fue hablando, primero de todo con Consuelo, como tantas otras. ¿Cuántas historias habrá escuchado que nadie más conoce?
Ya he dicho en alguna parte que durante un par de años fui parte de un grupo de Whatsapp de supervivientes del Patronato. Por ahí comencé a hablar con Araceli, después por privado, después la conocí una tarde en una de las muchas charlas de Consuelo en un centro cultural de barrio, esta vez era Moratalaz, en Madrid. La media de edad del público era la de ellas, pocas personas por debajo de los sesenta. Mujeres y hombres del barrio que al final de la charla ponen en común sus experiencias de jóvenes en la última década del régimen franquista: historias que encuentran una suerte de completud en el relato visceral de Consuelo. Al final conozco a Araceli que me abraza y sonríe. Eres muy guapa, me dice. Tú también, le respondo sonriendo más. Tras este primer alhagoso encuentro, seguimos conversando por mensajes y quedamos para charlar telefónicamente y que me cuente. Así hacemos una mañana de invierno durante varias horas, y tanto hablamos que me entra hambre y me pongo a comer mientras sigo escuchando porque Araceli ha abierto las compuertas y aquello sale en cascada, maravillosamente imparable. Llegamos hasta mucho después de su periodo de encierro porque Araceli ha tenido una vida viajera, aventurera, a pesar de que ella se tenga por poco atrevida.
Lo que viene a continuación es una elaboración propia a partir de las conversaciones con Araceli mantenidas hasta poco antes de publicar este texto. En uno de los últimos audios que me envía en respuesta a una nueva pregunta, me explica que no va a hablar con nadie más, de momento, sobre su historia. “Porque ha habido algún lío”. Dice que va a terminar “esto que comenzamos” hace meses por un compromiso que decidió establecer conmigo. Agradecida y esperando estar a la altura de la confianza, me fundo con sus recuerdos y fabulo, no miento, creamos relato. Nuestras conversas, otras semejantes y, sobre todo, las que fue manteniendo con sus "hermanas supervivientes" dieron con que finalmente hablara con su familia en torno a una mesa navideña. Pongamos que fuera, por ejemplo, en nochebuena, cincuenta y seis años después de aquella nochebuena que pasó en San Fernando. Y entonces todo empezó a moverse.



TENGO TRECE AÑOS Y ESTOY EN SEGUNDO DE BACHILLER, EN LAS MONJAS DE LA CALLE EMBAJADORES. Era mala estudiante, así que las monjas llamaron a mi madre, le dijeron que yo no servía para estudiar y que me echaban. Mi madre me pegó por no estudiar, sin embargo, mi padre no se enfadó. Era un hombre inteligente mi padre, yo le adoraba y él a mí. Era listo, simpático, altísimo y trabajaba en la estación de tren como telegrafista. Cuando entraron los nacionales en el pueblo se marchó del trabajo. Desertó. Se fue a Madrid, de ahí al frente, a Valencia y al final creo que estuvo en Cartagena. Desde allí salió un barco lleno de republicanos hacia México en el 39, pero él no se fue porque su hermano acababa de nacer y decidió quedarse y volver al pueblo. A la vuelta no le cogieron en la RENFE así que se metió a trabajar en el tabaco que sigue siendo un negocio importante en la zona. Trabajando ahí alguien lo denunció y le echaron y estuvo en la cárcel. Consiguió entrar de nuevo en el sector ferroviario por medio de su hermano mayor que tenía amistades, le gustaba la caza, conocía a gente importante, estaba relacionado. Así consiguió colocarse de nuevo siendo un represaliado aunque esa palabra no sé si la usaría él en aquel momento. Como era una persona preparada y muy inteligente aunque no había estudiado, logró sacarse las oposiciones y nos fuimos a Madrid, y ahí es cuando pasó a ser factor de circulación que es como ser controlador aéreo pero con trenes. Fue en diciembre del 59, me acuerdo muy bien porque aunque yo era muy pequeña, mi padre lo contó muchas veces. Exactamente una década después estaré encerrada yo. Pero ahora tengo trece años, estoy en segundo de bachiller y es 1968. Cuando me echaron del colegio de monjas, me apuntaron en una academia en Villaverde, donde vivíamos. Allí daba taquigrafía, contabilidad… para ser secretaria. Aquel verano me mandaron a un campamento de la Sección Femenina en San Lúcar de Barrameda. Tengo foto de entonces. Nos levantábamos, íbamos al patio a izar la bandera y cantábamos el cara al sol, todos los días. Pero eran vacaciones, así que íbamos a la playa a diario. Poníamos y quitábamos la mesa, pero no teníamos que fregar ni nada. Consistía en lo normal: mucha sección femenina, mucho Franco por aquí, José Antonio por allá. Nada más. No recuerdo nada malo ni tampoco bueno, nada importante. Hacíamos gimnasia también, todas las mañanas. Era un campamento para hijas de ferroviarios, quizá por eso mi padre me acompañó hasta allí entre tren. Al poco de regresar del campamento, el 20 de agosto o así, mi padre volvió del trabajo, dijo que se encontraba mal y se acostó sin comer. Me acuerdo de que se puso amarillo, muy amarillo todo su cuerpo, y decía que estaba muy cansado. Vino el médico, lo ingresaron y a los pocos días murió.
En la academia donde estudiaba para ser secretaria había un profesor que tendría veintiuno o veintidós años. A la vuelta del verano, recién muerto mi padre, el profesor comenzó a flirtear conmigo. Yo en el momento no lo entendía. Cuando lo recuerdo veo a una criatura muy vulnerable y me doy pena y vergüenza.

Julio de 1968. Con el uniforme de la Sección Femenina en el albergue María Luisa Terry de San Lúcar de Barrameda. "Soy la de la derecha. Apenas se me ve la cara. No pasó ni un mes y ya murió mi padre".

Septiembre del 68. Recién muerto mi padre.
ÉL ME GUSTABA Y YO CREÍA QUE ESTABA ENAMORADO DE MÍ. Nos besábamos, íbamos a la cama, yo me dejaba hacer, pero sabía que había algo que había que guardar, no sabía qué, pero era algo que me había explicado así mi madre. Estuvimos en relación unos meses, él me llamaba calientapollas porque no quería que me desvirgara. Me insultaba y yo me sentía como una mierda. Este profesor era de una provincia al sur de Madrid adonde volvía todos los fines de semana, después me enteré de que allí tenía una novia de toda la vida. Con el tiempo, aquel joven profesor de jovencitas y estudiante de filosofía y letras llegó a tener cargos importantes en política. Hace un par de años le envié un mensaje por facebook para agradecerle que me arruinara la vida. No respondió nada pero sé que lo leyó.
Yo tenía costumbre de escribir un diario que mi madre leyó. La imagino hirviendo de enfado, miedo y asco. Me castigó dos meses sin salir de casa. Quería denunciar al muchacho pero en la academia lograron disuadirla. Le explicaron que sería un escándalo del que yo saldría más perjudicada que nadie. Además de castigarme, me decía que era una puta, la deshonra de la familia.
Nosotras dormíamos en la misma habitación. A los dos o tres días de leer mi diario, ya de madrugada, mi madre mete en el cuarto una bombona de butano. La oigo trajinar con ella. No olí nada pero el sentido del oído me salvó. Mi madre había abierto la espita y eso me despertó. Quería matarse ella y matarme a mí.
Después de los dos meses de castigo me apuntó a una academia en la Puerta del Sol. Se llamaba CIFI, centro de instrucción y formación. Se suponía que era para estudiar comercio pero era lo mismo de antes: el objetivo era ser secretaria. Entonces empecé a ir a la cervecería alemana de la Plaza de Santa Ana. Qué año era… 1943 más 16 = 1969. Ahí conocí al chico que me dejó embarazada y por el que acabé en San Fernando.
El caso es que dejé de ir a la Academia y conocí a mucha gente. Y entre esa gente, este chico al que conocí tenía veintiuno o veintidós años. Era colombiano. Nos veíamos, éramos novios pero no de la manera tradicional. Él vivía con otros dos chicos, que eran toreros, cerca de la Plaza Mayor. Me gustaba mucho y yo a él pero me quedé embarazada. Entonces la pregunta: ¿cómo lo digo en casa? Imposible. Los toreros compañeros de piso del colombiano me consiguieron una pastilla abortiva. Aborté.
CUANDO ME VINO LA SANGRE ESTABA EN LA CALLE CON ÉL, se asustó y me llevo a la Cruz Roja. En realidad había empezado a sangrar por la noche pero mi madre no sabía nada, así que hice como si fuera la regla. Llevaba paños higiénicos, no había aún compresas o si había yo no las conocía. Y tanto sangrar y sangrar, no había paño que contuviera eso. La casa de Socorro donde me llevó he averiguado que se llamaba San José y Santa Adela. Era Julio o Agosto del 70. Sabes qué pasa que me pongo nerviosa al recordar y se me va un poco la cabeza. Bueno, sigo. Habíamos planeado que yo me escapara de mi casa. Irnos lejos, adonde fuera.
Entré sola a la Cruz Roja, me hicieron el limpiado, entonces llega la policía y llaman a mi madre. La policía me preguntó quién era el padre de la criatura, yo dije no lo sé. Mi madre la monta bien gorda y quiere matarme. Tuve que coger el timbre como pude y llamar a las enfermeras para que me la quitaran de encima porque estaba intentando ahogarme. La policía social vino dos o tres veces, yo les dije que no quería ir con mi madre y dijeron que de acuerdo, que me iban a llevar a un colegio para seguir estudiando.
Cuando me dieron el alta, dos policías me llevaron a la Puerta del Sol, bien cerca de la academia a la que había dejado de ir, allí me meten en un calabozo de la DGS (Dirección General de Seguridad). ¿Recuerdos de esos tres días? Porque fueron setenta y dos horas, el máximo que te podían tener ahí encerrada. Suciedad. Un calabozo sucio y oscuro, solo había una bombilla. Estaba sola en la celda y pasé todo el día llorando. Siempre he sido bastante escrupulosa, así que no podía comer la comida que me daban. Todo me daba asco. Oía voces, no que oía voces en mi cabeza, oía voces en las celdas de al lado, donde había otras personas, pero yo no hablé con nadie en tres días. Al cabo de ese tiempo, me suben al despacho del comisario y ahí está mi hermano con una maleta. Ahí sí que se me cayó el alma a los pies, al ver a mi hermano. Era un ser bueno, correcto, tan guapo, y diecisiete años mayor que yo. Esta imagen de mi hermano de pie mirándome sin juzgarme, sin entenderme, me persigue todavía y me da mucha tristeza. Él sólo decía Cheli, qué has hecho, qué ha pasado, me llamaban Cheli en casa. Me da la maleta y los policías me llevan a un centro en la calle Marqués de Urquijo. Ahí estuve un par de semanas. Dormía en una habitación con muchas camas y una mesita de noche para cada cama. Había más chicas pero no hablábamos unas con otras, yo siempre tenía una monja pegada a mí intentando que le contara, me insistía en que hablara, y que hablara, y que hablara. Yo me sentía culpable por abortar. Y la monja me decía no te preocupes, podrás tener más hijas.
DEL CHICO NUNCA MÁS SE SUPO. Y de ahí me llevan a San Fernando. A mí me dijeron que era un colegio, no un reformatorio. Estuve nueve meses. Entre 1969 y 1970. Eran habitaciones individuales dentro de un gran espacio compartido donde las paredes no llegaban al techo. No rezábamos mucho, solo los domingos, o no lo recuerdo. Nos despertaban con palmadas. Arreglábamos la cama, desayunábamos, y al taller. No podíamos hablar con nadie. No sé ni quién era la que dormía pared con pared. Nada, calladas. Por la noche te dejaban ver un rato la tele y diría que ahí tampoco hablábamos. Yo creo que nadie hablaba con nadie. Alguna vez por el pasillo decías hola, pero poca cosa.
Un día había una niña de trece o catorce años llorando en el pasillo. Me acabo de acordar de su nombre, ¡Trini! Qué alegría acordarme. Le pregunté por qué lloraba y me dijo que a su madre la habían metido en la cárcel porque había matado a su padre con un hacha. Mira, se me eriza el cuerpo al recordarlo, no lo he podido olvidar. La niña era de Elche. No sé más. También recuerdo que había una chica que era lesbiaana y lo contaba abiertamente. Era bastante masculina. La recuerdo porque un día estaba apoyada en la ventana, era andaluza y me dijo tranquilamente que era lesbiana y que estaba allí por eso. No sé si acabaría en el psiquiátrico, o se escapó, o fue reconducida por el camino de la virtud. No se podía hablar así que no hubo más intercambio, supongo que la recuerdo porque me llamó la atención que me contara con total tranquilidad y naturalidad que era lesbiana. Había otra chica que también era lesbiana, se le notaba, pero con esta otra nunca hablé. Se le notaba pero no de la misma forma que a la otra. Yo la miraba mucho porque me gustaba. Se llamaba Sara.
"Existe la necesidad de crear establecimientos especializados para el tratamiento de jóvenes homosexuales. Es este un tema digno de tenerse muy en cuenta, dado el progresivo aumento de los casos de homosexualidad femenina que se viene observando".
(Informe sobre moralidad pública, Patronato de Protección a la Mujer, 1944.)
Se había dormido el puente
sobre el agua recostado
viendo como tu cintura
era chiquita en mi mano.
El blanco gris de la luna,
mostró tu cuerpo temblando
con dulce rubor y miedo
tu espalda quebró los pastos.
con dulce rubor y miedo
tu espalda quebró los pastos.
Tus labios me dieron cosas
que mis labios no olvidaron,
nos dijimos tantas cosas,
cosas que ha nadie contamos
como una forma tu cuerpo,
que nunca podre olvidarlo,
tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
Tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
Ahora que ya hace mucho
del milagro realizado
en tibia cuna mi niño,
mi niño canta su llanto,
y luego cuando la luna
se extienda sobre mi campo
le harán su canción de cuna
coros de ranas y sapos
le harán, le harán,
le harán su canción de cuna,
será su canción de cuna
coros, coros de ranas y sapos.
Tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
¿A QUÉ OLÍA SAN FERNANDO? NO RECUERDO NINGÚN OLOR ESPECIAL. En Japón estuve por primera vez en el año 76, al volver solo dije que olía a soja, pero de San Fernando no recuerdo ningún olor. Sonido: el silencio. Ese es el sonido que había, excepto cuando ponían la radio. Sonaba a través de un altavoz en lo lato de la pared del taller donde trabajábamos. Me acuerdo de una canción, y me acuerdo porque al chico con el que yo salía, el colombiano del que nunca más se supo, le gustaba mucho Leonardo Favio. Cuando escuché por aquel altavoz la canción que él me cantaba, se me pusieron los pelos de punta. "Tan niña y con barriguita, siendo tres los dos lloramos". Así decía el estribillo.
Se había dormido el puente
sobre el agua recostado
viendo como tu cintura
era chiquita en mi mano.
El blanco gris de la luna,
mostró tu cuerpo temblando
con dulce rubor y miedo
tu espalda quebró los pastos.
con dulce rubor y miedo
tu espalda quebró los pastos.
Tus labios me dieron cosas
que mis labios no olvidaron,
nos dijimos tantas cosas,
cosas que ha nadie contamos
como una forma tu cuerpo,
que nunca podre olvidarlo,
tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
Tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
Ahora que ya hace mucho
del milagro realizado
en tibia cuna mi niño,
mi niño canta su llanto,
y luego cuando la luna
se extienda sobre mi campo
le harán su canción de cuna
coros de ranas y sapos
le harán, le harán,
le harán su canción de cuna,
será su canción de cuna
coros, coros de ranas y sapos.
Tan niña y con barriguita
siendo tres los dos lloramos.
En el taller había máquinas de coser, pero no sé qué cosía. Es curioso pero no, no tengo ningún otro recuerdo. Lo tengo todo muy borroso. Recuerdo pasar las mañanas enteras cosiendo en máquinas semindustriales pero no logro recordar qué cosíamos. No. Qué cosa cosíamos. Cosíamos y cosíamos y cosíamos. Por más que intento acordarme no lo consigo. Lo que sí recuerdo es que por la tarde nos daban un par de horas de clase, no sé de qué, creo que era más matar el tiempo que otra cosa. Estando ahí dentro leí un libro, me gustaba mucho leer, era uno de Herman Hesse, no recuerdo si era El diablo sobre ruedas.
Antes de dormir había media hora de tele. Me acuerdo de ver por la tele un concurso para elegir quién iba a eurovisión. Rafael, Carina, creo… fue en esa sala de la tele donde encontré el libro de Herman Hesse que, por cierto, no es El diablo sobre ruedas que es una película maravillosa, el libro de Hesse es Bajo las ruedas. En esa media hora podíamos hablar, de peluquería y cosas así, porque las monjas estaban controlando. Siempre controlando.
Creo que yo dormía en la tercera planta y en esa planta tenía la madre Ana, la que nos vigilaba, su habitación. Había dos pasillos, yo estaba en el de la izquierda y Azu también, pero no estábamos pared con pared.
MI AMIGA SE LLAMABA AZUCENA, TENÍA DIECINUEVE AÑOS Y MUCHO SENTIDO DEL HUMOR. Nos hicimos amigas. Ella pintaba, dibujaba, le mandaron hacer un telón para el teatro y me mandaron a mí con ella. Ahí empezamos a hacernos amigas, a escribirnos papelitos, a reírnos de las monjas, y empezamos a enamorarnos. Era falta de cariño.
Había una monja que me pegaba mucho porque me reía en misa, yo tenía sorna, y entonces la madre Presentación me pegaba unas bofetadas que me tiraba al suelo. Era una tía muy grande y muy asquerosa, no recuerdo qué palabras me decía, supongo que rebelde o pecadora, yo qué sé, pero no pasaba día sin recibir torta de ella. Me cogió manía, y es que yo soy bastante sumisa. Soy rebelde, sí, pero no una rebelde de las que dan la lata, es mi espíritu el que es rebelde pero por fuera me comporto de forma sumisa. En realidad he sido siempre muy confiada, me muestro como soy y me da igual, no oculto. No es por inocencia, sino por entrega. Como sea, esta monja me tenía manía, más que eso, me odiaba y yo creo que era feliz dándome bofetadas. Con Azu gastábamos muchas bromas, por ejemplo, nos mandaban tomar unas pastillas después de ponernos la vacuna para la tuberculosis, pues no nos las tomábamos, las juntábamos y las poníamos en el manillar de la puerta del cuarto de la monja.
Un día nos registran las habitaciones y encuentran las cartas que nos enviábamos. Así que me meten en el chiscón: un colchón, un cubo y un ventanuco en lo alto. Allí pasé aislada una semana. A Azu no sé lo que le hicieron en ese momento. Al cabo de una semana me vienen a buscar dos señores con mi maleta y me meten en un coche. ¿Dónde vamos? Pregunto. No te preocupes, responden. Y llegamos a Arévalo, a un sitio donde pone HOSPITAL PSIQUIÁTRICO. Luego supe que a Azu le hicieron lo mismo pero en su caso llegaron a CIEMPOZUELOS.



Procedencia: archivo personal de Consuelo García del Cid.
En el reformatorio de San Fernando de Henares, (su nombre oficial es Colegio Nuestra Señora del Pilar), al igual que en otros centros, era habitual que las internas pasaran por consulta psiquiátrica. Allí se les hacía una serie de test y pruebas psicológicas (Test de Rorschach, test de Raven, pruebas proyectivas mediante dibujo, etc) y hay constancia de que algunas de ellas eran medicadas. Los especialistas elaboraban informes y en algunos casos recomendaban el traslado de las jóvenes a un centro psiquiátrico. Aquí tienes tres documentos que muestran esta práctica dentro del reformatorio donde estuvo Araceli: los tres hablan de "tendencias homosexuales" y aconsejan o deciden el traslado de la menor. ¿Redactarían un documento análogo para enviarla a ella al psiquiátrico de Arévalo?
La sexualidad, no solo la disidente, estaba en el centro de mira de lo que debía ser reprimido y, por tanto, observado y descrito. Para muestra un fragmento de otro informe psicológico de una interna en San Fernando de Henares con fecha 23 de noviembre de 1971: "Se aprecia también un serio disturbio en la esfera sexual de su personalidad, que ha de ser cuidadosamente estudiada por el clínico. En una personalidad primitiva, con una promiscuidad como la suya, con dos partos habidos, no es de extrañar que esté muy dominada por la sexualidad, la más fácil gratificación que ha podido encontrar en su género de vida".
SEGÚN ENTRÉ HABÍA UN HALL Y MUCHOS ENFERMOS HACIENDO COLA. Y es que era día de vacunas. Al entrar tampoco tuve la sensación de terrible, era casi bonito para los términos de aquella época. Entraba la luz. Una vez vacunada pasas de la parte bonita al interior y ya se te cae el alma a los pies. Luego entendí que esa cola eran las enfermas. Era un manicomio de mujeres, todas mayores, alcohólicas, dementes, esquizofrénicas… Yo era la única joven. Una vez dentro, empiezo a ver aquello y mamma mia. Allí vi el mundo. Lo desgraciado que es el mundo. Eso no se olvida. Solo estuve un mes. Fue horrible pero no por mí, sino por ver la injusticia. Me llevan a mi cuarto, un cuarto de veinte personas, igual que en San Fernando pero aquí no había paredes separatorias. Unas atadas de manos y pies, otras gritando, una en una bañera llena de agua hasta el cuello, gritando.
Había un cuarto para desayunar con lugares asignados. Yo estaba sentada junto a una mujer alcohólica y otra que se le caía la baba. Cada día me daban dos o tres pastillas, una de ellas era Aloperidol. Y una vez que me enfadé o grité o lo que sea, me pusieron una inyección de Trementina que me dejó ida y me inmovilizó una pierna. El personal eran todo monjas, no recuerdo de qué orden, quizás había algún enfermero, supongo, pero no lo recuerdo, y un psiquiatra. Yo creo que era Vallejo-Nájera el que me entrevistó al llegar. Vallejo-Nájera, me refiero a Juan Antonio, al sobrino. Fue contertulio del programa de Jesús Hermida a mediodía. Al verlo ahí me sonó mucho su cara, fíjate, yo diría que era él.
Ahí dentro cumplí dieciocho años y vino mi madre a sacarme a comer. A los pocos días, volvió a sacarme del todo. Había conseguido de vuelta la tutela. Y es que allí en Arévalo había una monja a la que le di pena, así que no me dejaba con las enfermas y me llevaba con ella a los talleres, a hacer flores de plástico. El día que vino mi madre por mi cumpleaños la monja me acompañó:
Mamá, no me dejes aquí, esto es un manicomio, -supliqué-. No es un manicomio, es un centro psiquiátrico, -respondió mi madre-. Y entonces la monja intervino con la salvación: ¿Y qué es un centro psiquiátrico?
Una vez fuera, no volvimos a hablar del asunto. No hubo reproches ni de ella hacia mí ni de mí hacia ella. Vinieron mis hermanos a verme a casa y fue como si no me hubiera ido nunca. Si no me equivoco, no volvió a tocarse el tema nunca más.
Sí. Puedo decir que he perdonado a mi madre porque no guardo ningún rencor hacia ella. Incluso la comprendo, la muerte de mi padre la trastornó mucho. Murió en 2013 y unos meses antes me escribió una carta donde me pedía perdón por no haber sabido entenderme. Le contesté con mucho cariño diciendo que había hecho lo que había podido y lo que creyó mejor para mí, y que había sido la mejor madre del mundo. No lo había sido, pero no se puede reprochar nada a una persona que no entiende las cosas. Yo quedo tranquila. Sé que ella ha sentido culpa y, de hecho, ha tenido la culpa de muchas cosas, pero siempre he estado a su lado y la he cuidado hasta el final.
AZU ME MANDABA CARTAS DESDE CIEMPOZUELOS. Nos seguimos comunicando mientras ella siguió encerrada y yo ya estaba en casa. Cuando por fin salió se fue a Burgos con una hermana. Entonces hablábamos por teléfono y planeamos fugarnos. Un día quedamos en Madrid, en un café por Ópera. Ella tenía 500 pesetas y su hermana le había dado su carné para que figurara como mayor de edad. Fuimos a ver a una chica que había estado en el reformatorio con nosotras, Azu había quedado con ella para despedirse porque nos íbamos de casa. Cogimos carretera a Barcelona en autostop y ahí empezó el romance. Era primavera de 1972 y estábamos muy enamoradas. Y ahí comienza una vida que a mí nunca me ha gustado del todo y con la que aún no estoy en paz.
Y por eso aquí termina la voz híbrida entre mía y de Araceli compuesta para la ocasión y vuelve una voz que no representa a nadie más que a quien escribió todo esto. Araceli no quiere contar nada más allá de su paso por los lugares de represión y encierro. "Lo que viví después no puede interesar a nadie ni aportar nada a ninguna causa". Yo le respondo que que sí aporta, que todo forma parte de "lo mismo", que lo que vives después de pasar por estos lugares tiene todo que ver con lo que vino antes, que si las continuidades y que si el patriarcado y la gran costra… Y que, por supuesto, respeto y cumplo con su decisión. Y dándole vueltas a cómo cerrar este texto, recuerdo y rescato algo que Araceli dijo al final de aquella primera y prolongada conversación telefónica: "Te diría que soy feminista en la teoría, pero en la práctica no lo soy. He sido muy servil con todas mis parejas. He educado a mis hijos en igualdad pero para mí no lo he aplicado porque me han criado para ser esposa desde niña".

