Elena Fernández Cebrián

1962 a 1978 (aprox)
“Tantos años pensando que era mi batalla y resulta que es también la nuestra”
Nuestra relación es estrictamente telefónica. Y muy profesional. Ella me cuenta, yo la escucho, hago preguntas, le pido que me repita algo, tomo notas en un documento word, casi transcribo su relato, pero no lo grabo. Hay algo en el implicar mis manos en un directo in absentia que me gusta y me acerca a ella. Qué sé yo. Lo que aquí sigue es una elaboración propia a partir de las conversaciones telefónicas mantenidas con Elena a lo largo de la primavera y el verano de 2026. En rigor, esto es inexacto pues no solo me ha hablado de su vida por teléfono. Después de cada conversa, Elena me manda un Whatsapp con una especie de resumen de lo dicho previamente. En esos textos escritos suele añadirse algo, algún detalle en el que no había reparado, algún dato que antes no recordó. En mitad de uno de estos resúmenes Elena se lamenta de las limitaciones del formato y lo hace con una frase que yo agarro como título para el texto resultante que presentamos a continuación. La historia de Elena, que es también la de su hermana gemela. Comenzamos.
TENGO MUCHO QUE CONTAR PERO HAY POCO ESPACIO
Yo me siento en la obligación de contar lo que a mí me ha pasado, a mí y a mi hermana. No me puedo callar. Se tiene que saber.
Quiero empezar cuando nacimos. Nacimos en Lugo. Mi familia eran feriantes. Llevaban atracciones de feria. Mi madre muere estando nosotros de feria en la Coruña, en un parto cuando mi hermana gemela y yo tendríamos un año y medio. Mi padre se queda solo. No sé si fue él o es que se dieron cuenta los servicios sociales o quien fuera, pero nos llevaron a una casa cuna a mi hermana y a mí. Estuvimos seis años, así que ya tenemos siete. Del inicio no tengo recuerdos.
De ahí nos llevan a un colegio al lado de la casa cuna, al colegio de la Milagrosa. Allí estaba una hermana nuestra, Manolita. Allí tengo fotos cuando la familia vino a vernos (padre, tío, Silvia mi hermana mayor que se iba a vivir a Málaga). Es la foto que puedes ver a la izquierda. A Manolita no la volví a ver hasta 17 o 18 años más tarde. De hecho yo me había olvidado de ella. A Manolita la tratamos más en el colegio La Milagrosa. Silvia se nos olvidó, así como nuestros hermanos.
De entonces me acuerdo que jugábamos en los árboles, que estaban serrados, mi padre venía a vernos, nos traía chicles bazoca, eran como una rueda Michelin. Apareció un día mi abuela y nos trajo unos dulces… recuerdos.


Mi padre era payo y mi madre era gitana. Al morir mi madre, su familia le echó la culpa de su muerte a mi padre. Recuerdo a mi abuela insultando a mi padre cuando venía a vernos. Queríamos mucho a nuestro padre y nos daba mucha tristeza que mi abuela lo insultara.
Después de la Milagrosa (unos dos años) no sé por qué reparamos en un colegio de niñas con síndrome de Down en Betanzos. Entonces era el Sagrado Corazón de Jesús. Ahora mismo se llama Pai Menny. Nos llevaron allí cuando teníamos 9 o 10 años.
De manera que aparecimos en Betanzos y fue muy triste porque como éramos normales nos daban pastillas para adormecernos. Se supone que éramos muy activas, como niñas, y nos daban pastillas para estar más tranquilas. Recuerdo quedarme dormida, caída, en el suelo del patio. A veces despertábamos ahí mismo y a veces en la cama si nos llevaban.
