Kris Andueza Sánchez

1982
«No tengo recuerdos más que en imágenes. Había que borrarlo todo. Clandestino. Ya está».
Conocí a Kris el 9 de junio de 2025, en el contexto del acto de «perdón» organizado por la CONFER, aquel 9 de junio que las que estamos o estuvimos en el ajo del Patronato vivimos con intensidad, cada cual a su manera. La conocí después del acto, ya en las cañas, en un bar donde terminamos una parte de las supervivientes, investigadoras y demás afines. Era un día de bochorno, me refiero al clima, de esos de calor asfixiante y asfáltico. Puro Madrid preveraniego. No hablamos mucho, me refiero a que no hablamos de ella, de su pasado. Y lo agradezco, porque el devenir de su historia en mí, es decir, su capacidad narradora, ha tejido un vínculo particular, a través casi del azar, del encontrarnos aquí y allá, cuando ha tocado y como ha tocado.
Así queda la cosa, yo no retengo su nombre, pero sí su magnética risa y su atolondre, fruto del «coctel» de emociones que se había echado ese día entre pecho y espalda, recién caída ella, como quien dice, del guindo del Patronato. Kris quedó tocada por ese encuentro que va mucho más allá de la performance que tuvo lugar en el escenario del auditorio Pablo VI de Madrid. Encuentros y desencuentros, se hizo pequeñita (expresión que podría usar ella), y no reaparece hasta febrero de 2026. El colectivo Memoria de las brujas organiza un encuentro sobre el Patronato con el foco en pensar las continuidades con el presente. Allí nos reencontramos. Kris baja desde Navarra expresamente a estas jornadas y yo participo en una de las mesas. La actividad de cierre consistió en un paseo por las «MATERNIDADES ROBADAS», una visita guiada por Diana Eguía y Vicky Lozano al interior y exterior de algunos de los centros vinculados al robo de bebés. Fue más que eso, porque Diana y Vicky trazaron una memoria larga que nos retrotrajo a la construcción de ese barrio y sus edificios sanitarios, a inicios del siglo XX. En ese paseo, entre hospital y maternidad, Kris me fue contando su historia. ¿Nos acompañas?
PASTILLAS ROSAS EN BOTE
OPTALIDONES. Mi madre sobrevivía a base de esto. Pastillas rosas en bote. Eran un poco para todo. Me compré dos cajas y me fui a morirme. Al retiro, a la derecha del lago entre arbustos. Hacía mucho frío. Me tumbé. Llevaba el carné. Al par de días desperté en un hospi. No tengo recuerdos más que en imágenes. Había que borrarlo todo. Clandestino. Ya está. La primera imagen al despertar es una monja dando vueltas diciendo «está viva». Un médico diciendo «estás preñada», y yo solo decía que me tenía que morir. Mi padre no se podía enterar. Culpa absoluta. Todo tiene solución menos la muerte, poco más recuerdo.
Al par de días otra monja me dice «te vas». En el pasillo hay dos polis que me meten en el furgón sin decir nada, y me llevan a una comisaría del centro. No sé a cuál. Disocias. Allí en la comisaría estaban mi madre y mi hermano. Les sigo el rollo, les cuento una milonga, no me dicen nada y al final del día volvemos a casa, al Pais Vasco. Allí era semana santa, como si no pasara nada. Mi padre no se entera. Mi madre sabía pero no decía nada, qué iba a decir, mujer maltratada, sometida, pero eso seguía creciendo. Un día me dan un sobre y me voy en tren a Madrid de nuevo. Me dijeron una dirección. Era Peñagrande. Mi sensación allí era de que yo era de las mayores y tenía dieciséis. Yo no viví vejaciones, ni fregar, ni talleres… Tres meses después di a luz, el 6 de Julio. Era el año de Naranjito, los mundiales del 82.

Entramos en uno de los centros, creo que el Santa Cristina, por una puerta de acceso en la calle perpendicular a O’ddonell. Allí, en la planta menos uno, en una vitrina al pie de las escaleras mecánicas, conviven lo que interpreto como utensilios ginecológicos antiguos pero son prótesis para cadera con copas de torneos de futbol y fotografías de equipos posando. ¿Será el equipo del personal técnico-sanitario? No sé qué me confunde más, si que los artefactos médicos parezcan aparatos de tortura o la improvisada y casi dadaísta exposición que genera su combinación con los trofeos futboleros. Hice una foto, para no creer que lo había soñado.
AQUÍ METER LA FOTO RETOCADA DE LA VITRINA 🙂
-¿Y no se te notaba que estabas embarazada?, pregunto a Kris al salir del hospital-expo.
-Es que yo creo que lo que tú no quieres que se vea, no se nota. No se manifiesta. Me tapaba con el abrigo. Nadie sabía. Mi amigo no se daba cuenta.
Cruzamos un semáforo, rumbo otro edificio.
-A mí la poli me salvó la vida, y claro, parece que no estuve en el mismo sitio. En Peñagrande me leí Cien años de soledad. Saliste rebelde y hippy, te fuiste, y volviste y claro… -. Es Kris quien habla, que a tramos del relato se dirige a sí misma en tercera persona. -Lo has llevado clandestino siempre, incluso para ti misa. Más que tabú, enterrado. No recuerdo el comedor ni la comida, ni para bien ni para mal. Había varias zonas separadas. Tengo una imagen de una chica gitana en un gran pasillo, hubo una bronca o algo y lo vi y pregunté qué pasa, y me decían nada, nada…
-¿Y el parto, cómo fue?
-El parto. Rompí aguas por la mañana… recuerdo que me bajaron por la noche. Cuando había un parto estábamos todas cerca, ayudando a lo que fuera. Recuerdo dar golpes a las puertas, por el dolor, y las amigas se fueron. Recuerdo dos comadronas, una de gafas, no sé nombres, la otra más seria… A mí me tocó la seria. No me trató mal. Sé que di a luz a las 8 de la mañana y se lo llevaron. Pregunté ¿puedo verlo? Y dijeron sí. Lo vi y de eso que lo estás mirando, notan algo y dicen “Ya, hay que llevárselo”. Me vi a mí.

-Poco antes de dar a luz, nos llevaron a varias a un despacho en otro lugar, en Madrid. Un señor y un papel. Y yo firmé. Eran mis datos en el papel y el nombre del niño, Israel, y aún no había nacido. Papel marrón con lo completado a boli.
Recuerdo los días después. Tres días llorando bajo la sábana. Y que me daban inyecciones para cortar la leche. Al poco me fui. No tengo recuerdos de la salida. Me voy donde mi amigo en Atocha. Y al día siguiente ding dong: dos señores con gabardina. Eran polis, venían a decirme que tenía que irme con mis padres.
Me fui. Volví a Tolosa y a la casa familiar. Allí había una madre, mi ama, con otra hija más pequeña, y mi padre sin saber nada porque yo no podía hacerle eso. Silencio total. Era verano. Me salía agüilla de los pezones y me ponía toallitas. Mi madre una vez me dijo algo como «sangre de mi sangre, ¡qué has hecho!» Eso lo recuerdo.
Medio pueblo era alcohólico y se les oía en la calle, vivíamos con eso, pero lo de mi aita era de un nivel… Era muy violento.
Y yo con mi cosa: ‘tenemos que salir todos bien’. Me he criado con el pánico en la cara de mi madre, esperando a ver de qué humor volvía mi padre. Y siempre con el miedo de que la mate. O el miedo de matarle yo a él.

-Al volver me dijeron que tenía que ir a Adoratrices. Y fui a la dirección que me habían dicho, en Donosti. Allí cuando llegué fue la primera vez que vi “Patronato” en la puerta. Seguía siendo el año 82, me abrió una mujer encantadora que me explicó que tenía que ir a un colegio de las Adoratrices. Recuerdo ir más a misa en Peñagrande que en Donosti.
Nos unimos al grupo que se ha parado en unas escaleras frente a un edificio, algunas aprovechan para sentarse y reposar un rato. Cuando reanudamos la marcha, Kris:
-Me ha venido otra cosa de Adoratrices, te cuento:
Estaba bordando y me saca al pasillo la monja psicóloga: que cómo se me ocurría a mí intentar suicidarme. La regañina era por querer quitarme la vida, pecado, quién eres tú para quitarte la vida, no me hablaban de la adopción ni del maltrato de mi padre. El problema era querer suicidarme. Psicológicamente era muy cañera aquella monja, pero cuando escucho el relato de otras compañeras mi experiencia no fue así. No es que fuera una maravilla, pero no viví eso. Mi horror no fue tanto por las monjas. Fue por quedarme embarazada.
AQUÍ FOTO KRIS CON PELO CORTO Y SU PIE DE FOTO
Mientras caminamos voy anotando en el bloc de notas del móvil. Kris lanza frases cortas y concisas, y deja silencios. En este tiempo, sin dejar de caminar, parece que ordena. Le vienen imágenes, sobre todo imágenes, que le van desbordar los ojos de cuanto remueven. Ojos que brillan con una intensidad que duele un poco. Miro a Kris en esas pausas y casi veo las imágenes que le vienen; tanto ruido hacían a lo largo de su cuerpo. Antes de que se le escapen por algún costado, en aquel trasiego entre maternidades, ella las va traduciendo a castellano, para entendernos.
-Mi madre… conseguimos que se separara, aunque no respiró del todo hasta que se murió mi padre. Le conté a algunas amigas lo de mi embarazo pero con cuentagotas.
Con treinta y seis tuve meningitis, casi la palmo. Me fui a Canarias. Con treintaisiete conocí al que es mi pareja. Todos los 6 de Julio brindaba por él. Pero casi con vergüenza. Sentía que si quería ser madre tenía que sanar eso dentro de mí. El 30 marzo de 2006 doy a luz a una niña. Hasta 2011 no tuve tele. Y ahí sí y empezamos a oír lo de los bebés robados… pero no lo asociaba con lo mío, ni con el Patronato… Pero sí pensaba en él. Igual ni se me pasaba por la cabeza buscarle, yo no tenía derecho. Había hecho algo muy malo. Pero sí quería sanarlo.
29 de mayo de 2012, lunes, me llama una mujer por teléfono. «Soy Carmen, tú y yo estuvimos en Peñagrande. El niño que tuviste te está buscando. Decirte que eres abuela». Dije «sí, sí». Acto seguido me llamó él.
-Cuando me hablan de que hubo suicidios yo digo, claro, yo me suicidé antes y ellas me salvaron la vida. Y no viví el maltrato. Y digo, es que no me van a creer. Y siento como si no estuviera a la altura.
Así terminan la parturienta ruta y el primogénito relato de Kris «por escrito», es decir, este texto, que traslada las palabras de Kris de forma literal en un elevado porcentaje. Kris habló como si dejara un esquema y a la vez un mapa, y a la vez todos los lugares de ese mapa, y todos los puntos del esquema. Un permanente punto y aparte y seguimos… Seguimos y después seguimos paseando, ya sin ruta fija y sin móvil en la mano, casi en círculos, girando el barrio durante varias horas, introduciendo en cada vuelta alguna ligera variación.
Kris leyó el texto de su relato paseante para corregirme algunos datos. A ella le parece esquemático lo que a mí me resulta magnético. «Pero fue así», añade. Y se alegra de que además de este texto, puedas conocer parte de su historia en EL VERANO DE NARANJITO, una conversación con Loly y Ana María, dos mujeres que ese verano también estaban en Peñagrande.
